La ciudad del Puente Dorado

Nuevo fragmento de “La leyenda de Darwan IV: Idafeld”, Libro XV y último de la saga Aesir-Vanir. El fragmento anterior puede leerse en este enlace.

Helen ha conseguido preservar el pasado, casi a costa de su vida. Pero Sandra está sana y salva en el siglo XXII, mientras ella espera volver con la ayuda de Yvette a su propio mundo. Su último recuerdo antes de partir fue para Sandra. Sandra, y aquella maravillosa ciudad que era San Francisco, donde ella misma había vivido un tiempo…

Este fragmento está dedicado a la ciudad de San Francisco. Su ambiente, su gente, su luz, siempre vivirán en mí. Fue uno de mis dos amores de juventud que siempre seguirán en mi corazón.

sanfrancisco

San Francisco, California. Principios del siglo XXI.

—Vamos, marmota. ¡Despierta de una vez! —Helen se echó al otro lado de la cama.
—Cinco minutos…
—Cinco minutos es lo que has dicho en los últimos quince minutos — le reprendió la madre. Luego se dirigió al ventanal, y abrió las cortinas. Una intensa luz del Sol lo inundó todo, para luego sacar las sábanas y mantas de la cama, dejando a Helen con el pijama. Esta dio un grito, y dijo:
—¡Hace frío!
—¡Nunca hace frío en San Francisco! —le contestó la madre.

Helen se levantó lentamente de la cama mientras bostezaba y se estiraba. La madre le dijo entonces:
—¿Acaso no sabes qué día es hoy?
—Sí… Es el día en que tengo que ir con Linda y María a elegir mi vestido de novia.
—¡Eso es! —Exclamó la madre—. Por fin voy a casarte, después de tanto tiempo.
—¿Tanto tiempo? —Preguntó Helen con cara de sorpresa—. Tengo veintiocho años, mamá. Parece que hables con una vieja.
—Una vieja soy yo, y espero que me des nietos muy pronto. —Helen soltó una interjección, y respondió:
—Pues siéntate a esperar, mamá. Tendré niños cuando se congele el infierno.
—Te he dicho que no blasfemes delante de mí —le recriminó la madre.
—No te preocupes mamá, ya expiaré mis pecados aguantando al cura en la boda.

La madre se mantuvo en silencio unos instantes. Bajó la cabeza. Helen enseguida se dio cuenta de que algo pasaba. Se acercó, y la abrazó:

—¿Qué te pasa? Era una broma, mamá. Tendré cuatro niños el primer año, te lo prometo, cada tres meses, un niño nuevo. —La madre sonrió. Se secó las lágrimas con un pañuelo. Luego sacó un papel.
—No, hija, no es eso. Es… esto. —Helen tomó el papel. Asintió.
—Las pruebas y análisis finales del hospital. No hay rastro de leucemia. Estoy limpia. Pero madre, este tema ya lo hablamos hace dos semanas… —La madre asintió.
—Sí, hija, sí. Pero yo llevo ese papel conmigo desde entonces. Me siento segura llevándolo. Es… es como si fuese un escudo para impedir que te vuelva a pasar. Que vuelvan a decirme que mi hija tiene cáncer.
—Mira, mamá. Lo mejor que podemos hacer con este papel es quemarlo. —La madre alzó las cejas, sorprendida.
—¿Quemarlo?
—Sí. El escudo lo llevo yo conmigo. Y contigo, y con papá. Esto es un papel que forma parte de un pasado que hemos superado. Superemos eso poco a poco. Para eso, lo mejor será quemar este papel. El hospital tiene una copia. Al diablo con el informe médico.
—Pero hija…
Estoy sana, mamá. Eso es lo que importa. No este simple papel. No guarda nada, excepto momentos muy duros. Quememos el pasado, y miremos al futuro. ¿Sabes que me caso?
—Lo sé. Vamos, vístete, y vete. Recuerda que tienes un futuro brillante. —Helen sonrió:
—Sí. Fue una suerte que papá me convenciera para dejar esa aburrida oficina, y estudiara una carrera. Fue la mejor decisión de mi vida.
—Tu mejor decisión fue tomar tus propias decisiones.
—No, mamá, esa fue la más práctica. Aunque no tanto como la de casarme con un millonario.
—¡Helen, no digas eso! Sobre todo teniendo en cuenta que pagó las facturas del hospital. ¿Cómo podríamos haberte salvado sin ese dinero?

Helen resopló. La madre entendió lo que pasaba. La madre añadió:

—No te lo reproches. Nosotros no podíamos pagarte el tratamiento. Era una cifra exorbitante para nosotros. El seguro no lo cubriría ni en mil años. Él se ofreció. Fue muy amable.
—Sí, madre, pero la gente dice que me caso con él en compensación por ello.
—No hagas caso de habladurías, porque siempre hablarán mal los que quieren encontrar el mal en todas partes.
—Sí, madre, me encantan tus refranes. Me voy. Papá espera en el coche, me acaba de mandar  un mensaje.
—Cuídate, Helen. Y pásalo bien.
—Es un fin de semana de fiesta, mamá. Vestidos de boda, unas copas con mis dos mejores amigas, y luego un concierto de Sheryl Crow. ¿Qué más se le puede pedir a la vida?
—¿Qué sientes la cabeza un poquito? —Helen asintió sonriente.
—Siempre afinando la lanza, mamá. ¡Chao!

Helen le dio un beso a la madre, y bajó a la calle. Enfrente le esperaba su padre.
—¿Cuándo te vas a sacar el carnet de conducir? —Preguntó el padre mientras comenzaba a circular.
—Cuando mi papaíto se canse de llevarme a todos los sitios que le pido —contestó Helen sonriente.
—Claro… Tu madre está muy nerviosa, Helen. Ha sufrido mucho por el tema de la leucemia. Y tu futuro marido, Frank, no acaba de convencerle. Ella intenta ocultártelo. Pero…
—Ya lo sé, papá. Y a ti tampoco te gusta. Eso también lo sé.
—Yo no soy quién para juzgarte, hija.
—Papá…
—Tu futuro marido…
—Se llama Frank, papá. Frank. No tendrás un infarto por llamarle por su nombre.
—Tu futuro marido es un poco… arrogante.
—Mira papá, si yo tuviese su dinero, su aspecto duro, y sus coches deportivos, también lo sería.
—¿Crees que es la mejor opción para ti?
—Tiene otras cualidades además. Es tierno. Dulce. Y es el hombre de mi vida.
—Supongo que sí, hija, si tú lo dices…
—Papá, no empecemos de nuevo…

El padre de Helen no dijo nada más. Llegaron a la tienda de novias de Novella Bridal, donde esperaban sus dos amigas, Linda y María. Helen dio un beso a su padre, salió del vehículo, y vio cómo el coche se alejaba. No pudo verlo demasiado, porque Linda y María la agarraron de los brazos, y la llevaron a la tienda.

La empleada  de la tienda le dio un primer vestido de novia, que intentaba ser un compromiso entre las instrucciones que le daba Linda, las que le daba María, y las órdenes de Helen. Finalmente salió con el primer vestido. Se miró en el espejo. Torció la cara, y dijo:

—Creo que un disfraz de dinosaurio me sentaría mejor.

Los restantes vestidos siguieron pareciéndole horribles, hasta que uno de ellos consiguió convencerla mínimamente. Lo reservó, aunque era bastante caro.

—Lo pagará Frank —sentenció Helen— mientras iban en el coche de Linda hacia la zona del parque del Golden Gate.
—Frank lo paga todo —aseveró María, que iba atrás—. Frank es bueno. Frank es guapo. Frank es fuerte. Frank es tierno… —Helen se volvió, y le mandó una mano abierta a María mientras reía.
—Entiendo tu envidia, María. Pero no todas podéis ser diosas como yo, y casaros con un dios.
—¿Eso es lo que es, para ti? ¿Un dios? —Preguntó Linda.
—Es lo mejor que me podía haber pasado en la vida.
—Yo no estoy tan segura —susurró Linda.
—Yo tampoco —confirmó María—. Deberías dejarle. Y venirte a divertirte con nosotras.
—No esperéis que me case con vosotras.
—No esperamos tanto —aclaró Linda—. Pero sí que razones un poco en lo que vas a hacer.
—¡Qué pesadas! ¿Es que no hay nadie al que le guste Frank? —Preguntó Helen con evidente nerviosismo.
—No, que yo sepa —aseguró Linda.

Llegaron a una cafetería, y estuvieron tomando algo y hablando, cuando llegó Frank. Helen abrió los ojos como platos. Linda y María mostraron un claro signo de contrariedad.

—¡Frank! ¿Qué haces aquí?
—He salido pronto del trabajo. Y he pensado que podíamos dar una vuelta. Si a tus amigas no les importa… —María y Linda se miraron. Fue esta la que respondió:
—Está con nosotros. Y luego vamos a un concierto de Sheryl Crow. Así que lárgate.
—Pero chicas, chicas, no querréis perderos la posibilidad de conseguir un puesto en alguna de mis empresas, ¿verdad? Bien remunerado, con poco trabajo… Todo por las mejores amigas de la mujer más maravillosa del mundo. —Linda miró fijamente a Frank, y respondió:
—Tengo trabajo. No es el trabajo más increíble del mundo. Pero me gusta. Hablo con la gente. Disfruto con los niños, y con los mayores. Es muy cercano. Y no lo cambiaría por nada en el mundo. Así que métete tu trabajo en… —Helen cortó:
—¡Linda! ¿Qué haces? —Linda dio un golpe en la mesa con evidente enfado.
—¡Todo lo consigue con dinero y poder, Helen! ¿No lo ves? Compra a todo el mundo con su sonrisa y su cartera. ¡Frank me paga el vestido! ¡Frank  me paga la boda! ¡Frank consigue trabajos increíbles! ¡Frank tiene un deportivo increíble, y un yate de cuarenta metros de eslora!… ¡Te manipula, Helen! ¡Te está manipulando! ¡Es solo un vividor, seguramente en dos meses tras la boda tendrá la primera amante! ¡Eres un capricho para él, como quien se encapricha de un cachorro!
—Estoy de acuerdo —reafirmó María—. Te manipula. Te usa. Es verdad: te pagó el tratamiento médico, y eso es maravilloso. Pero luego todo ha sido manipularte, y enredarte. Es pedante, es desvergonzado, es posesivo… Ahora mismo, ¿por qué te tienes que ir con él? ¡Somos tus amigas! ¿No íbamos a un concierto?
—¡Vosotras no tenéis ni idea! —Insistió Helen malhumorada—. ¡Vamos, Frank! ¡Las señoritas han dejado claras sus ideas! ¡Yo también tengo claras mis ideas! ¡Y espero no veros por la boda! ¡Adiós!

Helen se fue corriendo, pero Linda fue detrás, gritando.

—¡Helen, Helen, espera! —Helen se volvió.
—¿Qué quieres?
—¿No lo ves? Desde que le conociste no eres la misma. Antes estabas loca, eras libre, eras atrevida… Ahora solo piensas en la boda, en casarte, en seguir sus instrucciones, una por una… Todo lo que dice Frank es perfecto. Todo lo que hace Frank es perfecto. Tu vida es perfecta con él… ¿Es que no lo ves? La vida no es así. Tienes que venir con nosotras. Déjale. Inténtalo, Helen. Dile que le dejas, y te sentirás mejor al momento. Dejará de controlarte. Serás libre.

Frank tomó de la mano a Helen, y respondió:

—La vida es lo que yo quiero que sea. Y lo que yo quiero es lo mejor para Helen. Ahora, por favor, deja de importunarnos. Helen lo es todo para mí. Y estaré con ella mañana, pasado mañana, y toda mi vida, cuidándola.  Tenemos una vida maravillosa por delante, que no queremos ver corrompida con tu mísera vida, o la de tu amiga. Que os vaya bien. Adiós.

Helen y Frank subieron a un impresionante deportivo rojo, que se alejó quemando rueda. María salió de la cafetería. Vio que el coche se alejaba.

—¿Les seguimos? —Preguntó.
—Sí, por supuesto. No vamos a cejar ahora. Es peligroso, pero no podemos rendirnos, o perderemos a Helen casi de forma definitiva. Van al yate de Frank. Supongo que darán una vuelta por la bahía.

Linda y María subieron al coche. Un rato más tarde, Frank y Helen llegaron al puerto deportivo de Alameda, al otro lado de la bahía de San Francisco, tras atravesar el puente del Golden Gate. Allí subieron al yate de Frank, un navío sofisticado y con toda clase de lujos. Helen era la primera vez que lo veía.

yate

—¡Vaya! —Exclamó—. ¡Esto es una verdadera belleza! —Frank sonrió, y contestó:
—¿Te gusta? Se llama Helen I. Le he puesto tu nombre. En letras de oro. —Frank le enseñó el nombre en el interior del barco, en un cuadro. El mismo que llevaba en la parte delantera de babor. Helen le abrazó, y se besaron.

El barco zarpó. Llevaba una pequeña tripulación de tres personas. Pronto estuvieron navegando por la bahía.

—Puede alcanzar los 50 nudos, algo sorprendente para un barco de lujo de este tamaño —explicó Frank con una copa de vino en la mano—. Y su diseño hidrodinámico es capaz de… —Helen se acercó. Le quitó la copa, y le dijo:
—Este barco tiene un diseño magnífico. Pero quiero ver otro diseño magnífico ahora. Y al natural.

Frank sonrió. Ambos bajaron al camarote principal. Helen se lanzó sobre Frank riendo, y ambos cayeron en la cama.

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De pronto, se oyó un ruido. Y luego otro. Algunos gritos. Ambos salieron semidesnudos a la cubierta. Una pequeña lancha había llegado al yate, con María y Linda a bordo. Habían abordado el barco, y María acababa de dejar inconsciente al capitán, mientras Linda estaba terminando con el segundo ayudante, y luego el tercero. Pareció ser tremendamente ágil, y no tuvo ninguna dificultad en dejar inconscientes a los dos hombres. Helen gritó:

—¿Qué hacéis? ¿Os habéis vuelto locas? —Frank añadió:
—Entrar en una propiedad privada, y atacar a tres hombres. Esto os va a costar por lo menos diez años de cárcel. Si es que no están muertos. Entonces será perpetua. O algo peor.

Linda se acercó a Frank, y luego miró a Helen.
—No están muertos. No somos asesinas. Vamos, Helen. Volvamos a casa. Con los tuyos. Con tu familia. Con tus amigos. Deja a este ego que se hunda con su precioso barco, con su dinero y su poder. —Helen respondió:
—¿Estás loca? ¡Esta es mi vida! ¡Y se la debo a él! ¡Me lo ha dado todo! ¡Todo! ¡Sois vosotras las que vais a dejar el barco, y vais a responder por esta intromisión! ¿Os habéis enterado? —María se acercó.
—Linda tiene razón. Este loco te ha cambiado, Helen. Pero has de verlo por ti misma. Todos lo sabemos. Nosotras, tus padres, tus amigos, tus compañeros… La única que no lo ve eres tú. —Frank intervino:
—Ya habéis dicho lo que teníais que decir. Ella está conmigo por su propia voluntad.  Y así seguirá siendo. Rezad por que estos hombres no hayan sufrido daños graves. Ahora, largaos, y no levantaré cargos si los hombres se recuperan bien.
—¡Qué amable! —Gritó Linda. De pronto, sujetó a Helen. Esta era casi diez centímetros más alta, y más corpulenta, pero Linda la mantuvo unos instantes con las manos en la cabeza.

Luego, Helen cayó al suelo. Parecía inconsciente. Frank la miró con rostro airado.

—¿Qué has hecho, loca? ¿Qué has hecho? —Antes de que Linda pudiera contestar, Helen se movió. Comenzó a levantarse.

—¿Estás bien, cariño? —Preguntó Frank, mientras ayudaba a levantarse a Helen. Esta, medio mareada, contestó:
—Sí, estoy bien… Creo que he tenido algo parecido a… una pesadilla.
—No te preocupes, será el golpe. Estas dos ya se van, o tendré que emplear la fuerza.

Helen se soltó de la mano de Frank. Miró a Linda. Luego a María. Y dijo:

—Un… un palacio…
—¿Qué dices, mi amor? —Preguntó Frank—. Te has dado un golpe. Y has tenido alguna alucinación.
—No, no… —Contestó Helen—. He visto algo… era… como un palacio… Pero, un palacio de luz…
—Vamos Helen, estás delirando —insistió Frank. Linda se acercó de nuevo. Frank trató de impedirlo, pero María le empujó hacia atrás violentamente. Frank tropezó y cayó. Mientras esto sucedía, Linda sujetó la cara de Helen con sus manos. La miró muy de cerca, y susurró:

—Helen. Quieres dejar todo esto. A Frank. La boda. Tu vida. Quieres morir para renacer de nuevo en otra vida. Debes ser tú. Yo no puedo sacarte de aquí sola. Él es demasiado poderoso. Hazlo ahora. O quedarás atrapada para siempre en este lugar. Y él habrá ganado. Sabe que eres la llave de la libertad.

Helen tembló. Su respiración se entrecortó. Estaba a punto de desmayarse. Linda gritó una vez más:

—¡Helen! ¡Debes decirlo! ¡Dilo! ¡Ya!

Helen miró con los ojos semicerrados a Linda. Cayó al suelo. Pero antes, susurró:

—Debo… debo salir de este lugar… Del infierno…

Caminos de regreso.

Helen desapareció del barco, y de aquel mundo. Reapareció en una sala, echada en el suelo. Era una sala de metal, en una gigantesca nave estelar. Linda, que había estado a su lado, también desapareció. Quien estaba en ese punto, en la misma posición, era Yvette. A su lado, María, que había empujado a Frank, también había desaparecido. Quien estaba en esa posición era Yolande.

Un doctor examinó a Helen. Le dijo unas palabras a Yolande y a Yvette, que asintieron.

Luego, los tres levantaron a Helen. La colocaron en una camilla. Su respiración era pesada. Pero estaba viva. El doctor salió de aquella sala, que era claramente una enfermería, mientras Pavlov entraba. Preguntó:

—¿Cómo está? —Yvette suspiró.
—Está viva, que es mucho decir. Inconsciente. Alterada. Su mente es un caos en este momento. De alguna forma sigue viviendo entre la trampa que le tendió Frank, es decir, Freyr, cuando volvía del pasado, y el universo real. Y hubo suerte de que notara cómo el viaje de vuelta se manipulaba para transformarlo en un mundo completo para ella. Un poco más, y nunca habría dejado ese mundo. Habríamos perdido a Helen. Y, con ella, toda esperanza de superar esta crisis. Freyr ha sido muy astuto. Tenía que haberlo previsto.
—No te lo recrimines —comentó Yolande—. Lo hiciste muy bien.
—Sí, pero tuve que arriesgar mucho impregnando la mente de Helen de sus propios recuerdos.
—Sin riesgo no hay victoria —señaló Yolande.

Pavlov asintió levemente. Luego preguntó:

—¿Era ese mundo un lugar virtual? ¿Una especie de fantasía mental? —Esta vez fue Yolande la que respondió:
—No, en absoluto. Ni hologramas, ni una representación informática, ni un sueño. Era una construcción, es cierto. Pero era real. Las personas. Los hechos. Era una vida nueva completa para Helen. Una vida real, perfecta, ideal, donde mantenerla atrapada para siempre.

Helen balbuceó algo. Yvette se acercó y dijo:

—Increíble. Se está despertando ya. Es más fuerte de lo que pensaba. —Helen gimió, y respondió:
—Es más difícil acabar conmigo de lo que parece, ¿verdad?
—¿Qué recuerdas? —Helen se mantuvo en silencio unos instantes.
—Recuerdo… todo. Mi casa. Mis padres. La cura del cáncer. Los planes de boda.
—Y recuerdas que…
—¿Que, en realidad, nunca me curé de aquel cáncer? ¿Que aquel cáncer realmente me mató? ¿Que nadie pagó el tratamiento que me hubiese salvado la vida? ¿Que nunca fui a la universidad para estudiar aquello que quería? ¿Y que nunca preparé mi boda? Sí… Lo recuerdo todo… Y, prefiero la versión original que viví. Aquella en la que mi vida no tenía sentido, y morí de un cáncer, dejando a mis padres amargados y dolidos por no haber podido pagar el tratamiento médico. Es mejor recordar la verdad a vivir una eterna fantasía de logros que nunca llegaron a materializarse.

Pavlov se acercó a Helen. Esta le vio, y dijo:

—Mira quién está aquí. Habría venido bien que estuvieses en ese mundo. Y le hubieses partido la cara a Frank-Freyr.
—Me hubiese gustado —aseguró Pavlov—. Pero Yvette podía entrar en ese mundo. Y podía hacer que Yolande entrase, y se incorporasen ambas a dicho mundo, sin que Freyr pudiera evitarlo. Pero ese era el límite para ella. Yvette tenía que luchar para mantenerse dentro con Yolande, mientras Freyr trataba de expulsar a ambas. Tú, sin embargo, eres más fuerte de lo que incluso creí jamás.
—Fue la guerra contra los pollos —aseguró Helen—. Los LauKlars eran duros, y me templaron bien. —Yvette intervino:
—No, Helen. Me temo que esa no es la explicación.
—No te entiendo.
—Eres dura, por supuesto. Pero una mortal nunca podría haber salido así de ese mundo creado por Freyr. —Helen alzó las cejas, y, por primera vez, se incorporó en la camilla.
—¿Qué quieres decir?
—El viaje de vuelta no solo fue alterado por Freyr. Además, y como ya ha ocurrido otras veces, como me ocurrió a mí…
—¡Vamos, Yvette, no me fastidies! ¡Dilo!
—Durante el viaje de regreso, tuviste contacto con los Isvaali. Esos seres que nos dieron la inmortalidad. Estuviste con ellos el tiempo suficiente para…
—¿Para qué? ¿Quieres hablar de una vez?

Yvette miró a Yolande, y luego a Pavlov. Yolande se dirigió a Helen, y le susurró:

—Tuviste contacto con los Isvaali. Esa especie misteriosa descubierta por Sandra. Y, ahora, y desde ese momento, eres inmortal…
—¿Qué? —Exclamó Helen levantándose de la camilla de un salto—. ¿Qué dices? ¿Que soy como…?
—Como Freyr, como Pavlov. Como Skadi. O como Yvette.
—Sí —confirmó Yvette—. Incluso como el tonto de Scott. Eres inmortal. Ahora perteneces al reino de ese universo creado por Freyr.
—¿Es esto otra trampa de Freyr? ¡Porque le voy a matar con mis propias manos!
—No, no —interrumpió Skadi—. Yo me transformé cuando viajé al pasado con Sandra. Pavlov, cuando fue recreado por Sandra con ayuda de los Isvaali. Y tú eras mortal cuando viajaste al pasado. Ha sido el viaje de vuelta el que… te ha transformado.

Helen se llevó las manos a la cara. Luego miró a todos, y dijo:

—¿Sabéis qué significa esto? ¿Lo sabéis? ¿Os hacéis una idea?… Llevo cuatro mil millones de años, cuatro mil, queriendo descansar en paz. Yo estaba muerta, ¿sabéis? Morí por un cáncer. Y luego metieron los datos de mi cuerpo y de mi mente en un tubo, lo lanzaron al espacio con otras miles de personas, y me recrearon para luchar no en una, sino en dos guerras brutales y despiadadas, con mundos enteros ardiendo, y yo fui responsable también de esas muertes, algo con lo que tengo que vivir cada minuto de mi vida… Y ahora llego aquí, a este nuevo mundo, para terminar mi vida en paz, envejecer, y morir por fin… ¿y me decís que soy inmortal?

Se hizo el silencio. Helen se levantó. Se ajustó la blusa y el pantalón, y dijo:

—Esta bien. Me he infectado, o contaminado, o atrapado, o como queráis llamarlo, con ese asunto de la inmortalidad. Ahora tengo dos objetivos. Uno de ellos es llevar a estos restos de la humanidad que viven en estas latas espaciales a un mundo donde puedan vivir en paz, tener hijos,  trabajar, crecer, dejar pasar a las nuevas generaciones, y continuar con la vida. La otra es aplastar a ese gusano de Freyr, y hacerle pagar todo esto.
—De momento no tenemos una estrategia sólida para eso —aseguró Pavlov.
—Lo sé. Tenemos nuestras ideas de manipular su ego. Tonterías. No digo que no pueda hacerse. Pero voy a por él. ¿Me entendéis? ¡A por él! —Yolande preguntó:
—Estoy de acuerdo, pero, ¿cómo?… —Helen asintió.
—Exacto, “cómo” es la pregunta. Y creo que ahora sé tener la respuesta. Ahora sí la tengo. ¿Freyr quiere nuestra inmortalidad? ¿Quiere una guerra de dioses si no aceptamos? ¡Pues vamos a tenerla! Pavlov me ayudará con la parte sucia y dura, que para eso se las arregla mejor que nadie. Y, para la parte oscura, al primero que necesito es a Scott.
—¿Scott? —Preguntó dubitativa Yolande.
—Sí, Scott. Siempre Scott. Fue el primero que tuvo contacto con esos seres, los Isvaali. Y parece saber mucho más de lo que dice de ellos. Llevadlo luego a mi despacho.
—Tienes que descansar —sugirió Yolande.
—Ya descansaré cuando esté muerta… No, porque no puedo morir… ¡Es absurdo! Ya hablaremos de eso. Llevad a Scott a mi despacho, repito. Porque le voy a retorcer el brazo hasta que grite de dolor, y me explique el último dato que tenga sobre esos seres. Y os aseguro que, a partir de ahora, la “diosa” Freyja va a dejarse de contemplaciones. Voy a actuar. Y vamos a actuar. Y si el universo explota, que explote. Pero conseguiremos, de una vez, vencer a ese megalomaniaco perverso de Freyr. Os doy mi palabra de “diosa” de ello.

Sorpresas del pasado.

Helen salió de la sala de enfermería como un vendaval. Frente a ella encontró a una joven de unos dieciséis años. Era morena, de cabello oscuro y media melena, con ojos oscuros, y de un metro setenta de altura. La miraba seria, sorprendida. —Helen la miró extrañada, y comentó:

—Mira qué jovencita más dulce. Nadie me había hablado de ti. Ni te había visto antes. ¿De qué nave eres? —La joven ignoró la pregunta, y preguntó a su vez:
—¿Estás bien?
—¿Bien? Sí, no me puedo quejar… Todo esto es una locura. Pero saldremos adelante.
—Me alegro mucho, mamá. —Helen pensó que no había entendido bien, o que la joven bromeaba. La muchacha se acercó sonriente, y abrazó a Helen. Esta la miró, y preguntó:
—¿Qué… has dicho?… —Yvette salió de la enfermería. Se acercó, y dijo:

—El cambio del pasado en tu viaje ha tenido otro curioso efecto secundario… —Helen la miró horrorizada.
—¿Curioso efecto? ¿De qué diablos estás hablando, Yvette? ¿Otro truco de Freyr?
—Me temo que no. Esta jovencita es Leena. Y es… tu hija… —Helen sintió que todo le daba vueltas alrededor.
—¿Cómo? ¿Mi… hija?
—Es una consecuencia del pasado. No sé qué hiciste. Pero tuvo consecuencias. Bueno, sí sé qué hiciste. Quiero decir… —Helen la cortó.
—¡Sé exactamente lo que quieres decir! ¿Pero… cómo es…? —Helen se sentó en una silla cercana. Todo le daba vueltas. Leena se acercó. Le preguntó:
—Me dijeron que probablemente no te acordarías de mí, debido al viaje. Pero he estado siempre aquí, en este nuevo futuro, construido a partir de ese pasado que has modificado. ¿Estás disgustada? ¿Frustrada por el hecho de que yo exista? —Helen tembló unos instantes. Luego tomó la mano de Leena. Era fina. Suave. Como correspondía a una joven de su edad. Finalmente, consiguió balbucear:
—No… hija… Dios, decir esta palabra solamente ya me marea… Soy madre… ¿Qué locura es esta?… Lo que quiero decir es que… tu madre… tu madre es… un poco… —Leena sonrió.
—Un poco loca. Claro que sí, mamá. Siempre lo hemos dicho: somos las dos locas de la galaxia. Y nadie puede con nosotras. —Helen rió.
—Exacto. Las dos locas. Suena bien. Pero yo no tengo más de treinta años. Y tú pareces tener…
—Cumplo diecisiete el mes que viene. No pudieron regenerarme con mayor edad. No era conveniente.
—Ah, mira qué bien. Es otra de las paradojas de este universo. Al recrearnos, padres e hijos se confunden. Podríamos ser hermanas.
—Sí. Podríamos. Pero somos madre e hija, mamá. ¿Seguirá siendo así?

Helen miró a Leena. De pronto, el corazón le dio un vuelco. Se levantó, se acercó a ella, la abrazó con fuerza, y respondió con lágrimas en los ojos:

—Seguirá siendo así mientras el universo brille, Leena. Es una promesa de madre. Y una promesa de madre nunca se ha de incumplir…


 

Autor: Fenrir

Amateur writer, I like aviation, movies, beer, and a good talk about anything that concerns the human being.

7 comentarios en “La ciudad del Puente Dorado”

  1. “¿Era ese mundo un lugar virtual? ¿Una especie de fantasía mental?” o ¿uno paralelo? Avísame si los Isvaali están por allí para alejarme lo más posible jejeje y oye una hija! en serio? como cuándo dónde y con quién 🤔 Me he quedado como Helen aunque ella se lo tomó mejor jejeje

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    1. De hecho los Isvaali de algún modo están en todas partes. Nosotros vivimos en el plano de un universo. Estos seres tienen la característica de vivir de forma “vertical”, sus cuerpos y mentes están repartidos a lo largo de millones de universos, por lo que interactúan con todos ellos pero en puntos muy concretos. A ver si un día monto un esquema explicativo. En cuanto a Helen, en el capítulo anterior se fue de fiesta, y Sandra ya le advirtió si había usado algún método anticonceptivo. El nuevo pasado quedó marcado con ella como embarazada, de ahí el retoño, que recuperaron cuando la recuperaron a ella. Creo que Helen en realidad estaba ya tan agotada que ni se dio cuenta de eso, o no le importó. Tras dos guerras y el conflicto con Freyr, su deseo de pasar una noche de fiesta era lo más importante para ella. ¡Un abrazo!

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      1. Si pero de la fusta a un ser de adolescente .. me quede como ella jajajaja. Eso de los
        Isvaali es super interesante…. Su tiempo es ¿vertical? Cómo pudiendo estar en todos lados solo en puntos concretos es que interactúan … y una duda que me va quedando eso de la inmortalidad lo hacen como favor, o es el resultado de interactuar con ellos?

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      2. Los Isvaali están en cierto modo en todas partes, pero solo en ciertos puntos puede interactuarse con ellos, porque son zonas donde dos o más universos tienen un punto de fricción, generalmente creado por un campo gravitatorio de cada universo, que abren literalmente el universo a otros. Detectar estos puntos es complejo, Sandra aprendió a hacerlo. El viaje en el tiempo desdobla el espacio-tiempo también, por eso viajar por el tiempo tiene como efecto añadido la posibilidad de interactuar con ellos. Ellos son conscientes de esa interactividad, pero no están interesados en criaturas básicas que viven en un solo universo. La inmortalidad se basa en que esa interacción conlleva una acción constante de otros universos, el cuerpo queda estancado en un espacio-tiempo concreto, sin viajar en el tiempo. De ahí la inmortalidad. Helen está empezando a concluir que los Isvaali son precisamente la clave para resolver el problema, y querrá ver cómo Sandra consiguió contactar con ellos de un modo físico directo. ¡Un abrazo!

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      3. OHhh ” La inmortalidad se basa en que esa interacción conlleva una acción constante de otros universos, el cuerpo queda estancado en un espacio-tiempo concreto, sin viajar en el tiempo. De ahí la inmortalidad. Helen está empezando a concluir que los Isvaali son precisamente la clave para resolver el problema, y querrá ver cómo Sandra consiguió contactar con ellos de un modo físico directo”

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