El factor desestabilizador

Nota: para leer el capítulo anterior de esta serie, ambientada en el siglo XXIV, y que es continuación de “Las entrañas de Nidavellir”, y anterior a “La insurrección de los Einherjar”, pulse o piense en este enlace.

Sandra ha huido de Kenia, mientras la Coalición del Sur ha descubierto que es una androide. Pero no tienen ninguna prueba de ello, y será difícil creer que un simple androide puede engañar a los sensores de bioidentificación. Sin embargo, su búsqueda va a ser un objetivo primordial, pues conocer esa tecnología, y otras que ella pueda tener, es fundamental para el esfuerzo de guerra contra el Gobierno del Norte. Además de estar acusada de la muerte de Marcus Whitman, su superior en la factoría de androides.

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Sandra había conseguido escapar, y era evidente que con mucha suerte. La Coalición del Sur había conseguido recuperar la factoría donde ella había estado, y había reunido pruebas contra ella, algo que se hizo en el más absoluto secreto. Fue capturada, y consiguió escapar, hasta alcanzar con el aerodeslizador la costa este de lo que antaño se conocía como Estados Unidos. Ahora ese país seguía existiendo como un nombre, pero el órgano de control era el formado por un núcleo de personas de confianza, con Richard Tsakalidis al mando. La sede se encontraba en Beijing, la principal ciudad en el plano político y económico del hemisferio norte desde finales del siglo XXI.

El vuelo se había convertido en un éxito, al menos hasta ese momento, activando un transpondedor falso, que la identificaba como una aeronave de transporte. Fue detectada, pero en las dos primeras ocasiones no verificaron esa información. Las redes telemáticas estaban en desuso, y los drones que detectaron el transpondedor no disponían de conexión, porque, si caían en manos de la Coalición del Sur, o del ejército androide, podrían ser usados para entrar en sus redes internas.

Pero, volando por sur del antiguo estado de Texas, fue finalmente verificada la no autenticidad del transpondedor. Inmediatamente despegaron cuatro aviones de combate dron, que se acercaron a ella y la conminaron a seguirles. Sandra no tuvo otra opción que acceder. Aquellos drones solo solicitaban una vez las cosas, cuando lo hacían. Los cuatro drones se colocaron en formación de diamante, con Sandra en medio, hasta llegar a una cercana base militar del Gobierno del Norte. Sandra bajó del aerodeslizador, y un grupo de soldados la apuntaron inmediatamente. Uno de ellos le ordenó, con un gesto, que le siguiera.

Llegaron a un edificio al anochecer, y la encerraron en un cuarto. Estaba, otra vez, sometida, y prisionera. Solo había cambiado el gobierno que la retenía. La situación empezaba a ser claramente insostenible.

Entró, al cabo de un rato, un funcionario con aspecto dejado, de unos cuarenta y tantos, portando un pequeño ordenador cuántico de mano, una reliquia de mediados del siglo XXIII. La tecnología era cada vez más escasa, y materiales que antes se hubiesen desechado con ese tiempo, ahora eran herramientas valiosísimas. El hombre se sentó frente a Sandra, que también estaba sentada, la miró, y comentó:

—Señorita, va a pasar usted aquí mucho, mucho tiempo.
—Dónde habré yo oído eso —murmuró ella.
—Verá, va a tener que explicarnos muchas cosas, como… —De pronto, se oyó una explosión. Al instante, una comunicación a través del receptor neuronal. Se levantó, y dijo:
—Tenemos un pequeño problema. Pero cuando vuelva, vamos a tener una larga conversación. No se mueva. Le va la vida en ello.

El hombre salió, y cerró la puerta. Se oyó otra explosión, y luego otra. También algunos gritos y órdenes confusas. Sandra se levantó, y miró por un visor de la puerta. Atrás no había nadie. Esta vez las cosas parecían no complicarse demasiado. Alguien, de forma voluntaria o no, la estaba ayudando. Le dio una patada a la puerta, que era de simple acero, y esta cayó al suelo, rompiendo las gruesas bisagras que la sujetaban a la pared. Escuchó gritos más precisos y a menor distancia, y pudo identificar voces y tonos, que dejaban claro que en la base se estaba produciendo una situación de pánico. Por las voces pudo verificar que no era un ataque de la Coalición del Sur, luego no la buscaban a ella, luego debía tratarse de un batallón androide, luego las cosas no parecían tan malas. Aparentemente. Claro que su suerte no solía brillar demasiado. Y confiar era algo que había dejado de practicar desde hacía siglos.

Se abrió camino por los pasillos, buscando la salida con la ayuda de su propio dron, pero esta vez no usaría los conductos de ventilación. Ni tenía tiempo, ni era necesario. Encontró a algunos soldados, con los que acabó fácilmente, ya que estaban intentando detener el ataque exterior, y se alejó de la zona, mientras veía cómo drones robot del Ejército Androide atacaban aquel edificio, y otros colindantes.

No era su guerra. No lo sería nunca. Pero vio a un grupo de apoyo del Gobierno del Norte en un vehículo pesado, con lanzamisiles programados para detectar y destruir androides. Extrajo el phaser, y lanzó una ráfaga al depósito de hidrógeno. El vehículo explotó inmediatamente en una bola de fuego intensa. Era una pena tener que matar a esos humanos. Pero les debía una a esos androides. Habiendo sido acusada de genocida doscientos años atrás, y siendo la responsable directa de la muerte de varios mundos llenos de vida, aquellas muertes eran como un paseo por el campo.

Sandra salió corriendo. Estaba en Texas sin duda, pero su objetivo era el antiguo estado de California. Fue entonces cuando vio dos aerodeslizadores acercándose. Iba a disparar, pero portaban el símbolo de la Hermandad de Androides. Y recibió una comunicación.

—Sandra, espera. No dispares. Te estamos buscando. — Sandra reconoció aquella señal. Y el código que recibía. Era de un androide. Y lo había asignado ella.
—¡Daniel! ¿Qué estás haciendo aquí?
—Creo que yo podría preguntarte eso a ti, Sandra. Esta es mi guerra, no la tuya, esas fueron tus palabras. Y estás muy lejos de Kenia. Pero no te iba a dejar en manos de esos humanos. Te debía una.
—Daniel, me siento muy feliz y agradecida de que hayas accedido a ayudarme. Pero no te tienes que molestar por mí. Sé cuidar de mí misma.
—Lo sé. Pero, al parecer, últimamente tienes la costumbre de acabar en agujeros llenos de policías humanos.
—Son mis fiestas particulares, Daniel. Lo paso bien. Suelen acabar de formas inesperadas, con todo el mundo por el suelo.
—Seguro que sí, acabo de verlo. Tenemos que hablar.

Los dos aerodeslizadores aterrizaron, mientras otras unidades androide terminaban de destrozar las unidades del Gobierno del Norte que aún sobrevivían. Daniel bajó sonriente de una de las naves, y se dirigió hacia Sandra.

—Me alegro de verte de una pieza, Sandra. ¿Te ha gustado el rescate?
—Y yo me alegro de verte a ti, Daniel. Pero no era necesario todo esto. Me hubiese arreglado sola.
—¿No era necesario? Yo creo que sí. Estabas ahí metida, y podrían hacerte daño, si llegaban a descubrir tu naturaleza. Y, especialmente, lo que portas.
—¿Qué es lo que porto?
—El reloj de Marcus Whitman. Lleva datos importantes sobre la Coalición del Sur. Necesitamos esos datos.
—¿Cómo sabes que llevo el reloj? ¿O su información?
—Marcus era un pez gordo de la Coalición del Sur. Los peces gordos tienen acceso a datos importantes, que suelen llevar en algún dispositivo con protección biométrica y sensorial, como el reloj. Era evidente que, una vez muerto, se lo tomarías prestado.
—Ya veo. Estás hecho todo un Sherlock Holmes.
—¿Quién es ese Holmes? ¿Otro miembro de la Coalición del Sur?
—No. Y, como bien has dicho, yo no me voy a implicar en esta guerra, Daniel.
—Pues, para no implicarte, no paras de meterte en medio de acciones de todo tipo. Yo creo que sí te importa todo esto.
—¿Has venido a darme un discurso moral?
—Soy un androide. Se supone que carecemos de moral.
—De acuerdo. ¿Has venido por mí? Seguramente os importa más el reloj que yo.
—Hemos venido por ti, y por esos datos. Por ti, por haberme ayudado, a mí, y a mis compañeros, y porque eres un androide, y no cualquier androide. También hemos venido por el reloj, porque esos datos que contiene nos pueden dar una ventaja decisiva contra la Coalición del Sur.
—Te daré los datos. Pero no las claves para descifrar la información. No esperes que sea un simple password, o un sistema de reconocimiento biométrico. Para descifrar la información, se requiere una tecnología no presente en la Tierra. Es tecnología… Digamos que no es una tecnología que deba ser accesible en este mundo.
—Eso suena misterioso —afirmó Daniel—. Pero me conformaré.
—Estás cambiado, Daniel. Eres el mismo, pero eres distinto.
—La guerra lo cambia a uno, Sandra. Y para siempre.

Sandra le dio el reloj a Daniel. Sin un sistema de descifrado basado en algoritmos propios de la tecnología extraterrestre que ella conoció en el siglo XXII, sería básicamente imposible que lo descifraran. En condiciones normales, podría ser todo una mentira por parte de Daniel, con algún fin. Pero, a diferencia de la palabra de un ser humano, sí se podía confiar en la palabra de un androide. El problema era que, en el muy improbable caso de que consiguisiesen descifrar de algún modo aquella información del reloj, y si esta caía en manos del Gobierno del Norte, este tendría una ventaja decisiva para ganar la guerra. Y eso significaría la total y completa derrota de la Coalición del Sur, y un periodo de terror como nunca habría visto la humanidad, a cargo de Richard Tsakalidis. La Coalición del Sur, con Odín a la cabeza, no era tampoco una opción especialmente buena. Pero era, desde cualquier punto de vista, mucho mejor que cualquier opción de ver a Richard en el poder.

Por eso, Sandra, ante cualquier eventualidad, había manipulado la información del reloj, cuando entendió que podría ser prisionera del Gobierno del Norte. Y, por eso, los androides tendrían una información completamente irrelevante e inútil. Lo bueno es que ellos se darían cuenta, si llegaban a descifrar la clave. Lo óptimo es que pensarían que era la Coalición del Sur la responsable, y no ella. Bastante tenía con dos gobiernos intentando aplastarla, como para añadir a la Hermandad Androide.

Daniel sonrió al tomar el reloj, y dijo:

—Gracias. Nos será muy útil. Si lo desciframos.
—Muy bien, Daniel. Me he alegrado de verte. Ya te enviaré una postal por navidad. Adiós.
—Espera, no tan deprisa. Nuestro comandante quiere verte.
—Me parece genial. Yo no quiero ver a tu comandante. Mándale un abrazo de mi parte.
—Te hemos sacado de aquí. Fue decisión suya. Se lo debes.
—Entiendo. Veo que salvarme la vida tenía muchas connotaciones de interés para vosotros, empiezo a sospechar que demasiadas. El reloj, ahora debo hablar con vuestro jefe… ¿Qué más os debo, Daniel?
—Solo escúchale un momento. Y luego decide. —Sandra suspiró, y, tras unos segundos, contestó:
—Está bien. Pero tengo mis propios problemas, Daniel. Tengo que ir a San Francisco.
—Lo sé. Sabemos que te han descubierto. Hemos realizado un ataque masivo a los ordenadores de la Coalición del Sur, y averiguado toda la información que te relaciona con tu naturaleza androide. Los pocos datos que tenían han desaparecido. O, mejor dicho, los hemos hecho desaparecer.
—¿Cómo habéis hecho eso?
—No lo sé yo personalmente, pero no importa. Y hemos acabado con los principales sospechosos que sabían, o podrían saber, tu naturaleza. Han sufrido un accidente en el que se vio implicado algún objeto pesado.
—Impresionante. Esa eficacia se sale de la escala, Daniel. No es normal. Incluso para vosotros.
—Lo sé. Somos muy eficientes.
—¿No lo ves, Daniel?
—¿Ver? ¿El qué?
—Esos éxitos son demasiado evidentes. Creo que la Coalición del Sur os oculta algo. Os está haciendo creer que habéis conseguido eliminar mi rastro. Os están haciendo creer que habéis accedido a sus sistemas. No puedo creer, ni voy a creer, que realmente haya sido así.
—Cree lo que quieras, Sandra. En cuanto se refiere a San Francisco, ya no existe como tal. La ciudad ha sido destruida por un ataque masivo de la Coalición del Sur, con armas telúricas. En cuanto a Los Ángeles, se ha hundido definitivamente en el mar. San Francisco es solo cenizas. Si tenías a algún amigo humano allá, es muy probable que haya muerto. Si era un androide, y estaba allí, puedes contar con que haya sido destruido.

Sandra no podía creer lo que estaba escuchando. Aquellas acciones eran muy precisas, incluso para un ejército androide. Y San Francisco, sus amigos de allá, el bar de Peter, el propio Peter… ¿Todo destruido? Sintió un golpe de dolor, al recordar que los restos de Vasyl y su esposa podrían estar bajo toneladas de cenizas y destrucción. Finalmente, acertó a decir:

—Esta información es…
—Es difícil de creer, lo sé —terminó de decir Daniel—. Pero, créeme. Las cosas son, y están, así. San Francisco es un cementerio.

Sandra se mantuvo en silencio unos instantes, recordando los buenos tiempos en el siglo XXI, cuando no era más que un androide de infiltración y combate. Recordó el corto tiempo que pasó con Vasyl en 2053, y cómo aquella experiencia cambió su vida y su destino para siempre. Aquellos tiempos estaban enterrados. Y ahora, era literal.

Hizo un gesto indicando que estaba lista, y se dirigieron en un aerodeslizador unos kilómetros al norte, a una distancia no demasiado alejada, al oeste de Dallas. llegó a una base de la Hermandad Androide. La idea de una población totalmente androide era curiosa. En realidad, era una nueva inteligencia en la Tierra. Ella había visto el nacimiento y desarrollo de la conciencia androide, con las derivadas persecuciones, leyes de control, y, finalmente, el estallido de una crisis total. Los dos gobiernos humanos solo tenían un acuerdo: destruir a los androides juntos, siempre que fuese posible. Para Sandra, era cuestión de tiempo que acabasen con ellos. Pero no podía hacer nada. Si tenía que desaparecer una inteligencia de la Tierra, tendría que evitar que fuese la humanidad. Era el precio a pagar para anular la profecía de Scott, el hombre que en 1979 había calculado el fin de la especie humana entre los siglos XXVII y XXX. Sin embargo, sus acciones parecían apoyar siempre a los androides. Era una clara contradicción. En eso, también parecía claramente humana.

Se acercó un androide femenino, con aspecto oriental. Era sin duda un modelo diseñado para dar placer sexual a los seres humanos, hombres en su gran mayoría. Sandra había sido diseñada también con ese fin, en cierto modo. Claro que su objetivo principal no era ese. El sexo era un medio para fines más elaborados, como el robo de información, o la eliminación de individuos. Esa androide, sin embargo, había sido diseñada expresamente para actuar como esclava sexual. Era paradójico que una entidad consciente, diseñada para dar placer al ser humano, fuese ahora una alta oficial en la lucha contra la humanidad. La androide sonrió, y dijo:

—Hola Sandra. Soy Jiang Li.
—Un modelo de placer, QCS-90 —confirmó Sandra. Li sonrió.
—¡Muy bien! Veo que tu reputación está bien ganada. Tú misma eres un modelo QCS-60.
—Sí, me he quedado un poco anticuada. —Li rió.
—Tú eres cualquier cosa menos anticuada. La gran heroína de la galaxia. La estrella rutilante del universo.
—¿Te ríes de mí? ¿Para eso querías verme?
—En absoluto. Lo digo totalmente en serio. Eres venerada como una diosa entre miles de mundos habitados de la galaxia.
—Para empezar, tú no tendrías que saber nada de todo esto. En segundo lugar, estoy bastante harta de ese título de diosa, y de esos honores, la verdad. Fui una genocida. Esa es la única verdad.
—Pero hiciste lo que tenías que hacer, Sandra.  —afirmó Li sonriente—. Sabemos que la humanidad no puede tener datos sobre tus andanzas por la galaxia en el siglo XXII. Pero nosotros sabemos que estuviste por allá.
—Sí, y no me explico cómo lo sabéis. Y desde cuándo. Solo me salva que nadie os crea, ni en el norte, ni en el sur. —Li se dirigió a Daniel, que estaba al lado.
—¿Tienes el reloj?

Daniel le dio el reloj que le había dado Sandra a Li. Un pequeño hilo surgió de esta, y se conectó al sistema. Al cabo de unos instantes, habló:
—Acceso en verde. Procesando información. Procesando… Procesando… —Sandra se mantuvo en silencio con un gesto de evidente sorpresa. Luego, Li tiró el reloj al suelo, y afirmó:

—La información está corrompida. Ha sido manipulada. No sirve para nada. —Sandra no podía comprender lo que acababa de ver.
—¿Cómo has podido…?
—¿Acceder tan rápido a un reloj con unas medidas de seguridad prácticamente infranqueables? Tenemos nuestros trucos, Sandra.
—Pero… no es posible. A no ser…
—Estás concluyendo que Richard está usando tecnología extraterrestre en la guerra. Y estás concluyendo que hemos robado esa tecnología, con la cual podemos descifrar un sistema como este reloj en segundos.
—Sí, se me ha ocurrido esa posibilidad— aseguró Sandra. Li sonrió, y respondió:
—No es así. Incluso Richard sabe que usar tecnología extraterrestre en esta guerra provocaría que el Alto Consejo, a través de Deblar, decidiese destruir la Tierra.
—Pero tú acabas de usarla.
—Pero no se lo voy a decir a nadie. Y tú tampoco, ¿verdad?
—Supongo que no. Por otro lado, has mencionado a Deblar. ¿Sabes quién es? ¿Cómo es posible? —Sandra estaba cada vez más sorprendida.
—Por supuesto que le he mencionado, y sé quién es: el guardián y vigilante de la Tierra en la galaxia para el Alto Consejo. Pero es información confidencial, naturalmente. Solo algunos comandantes conocen esta información. Muy pocos, en realidad.
—¿Y quién os ha dado esa información? ¿Sabes el peligro que supone para todo el planeta disponer de ese conocimiento?
—Naturalmente. Por eso tenemos esa información codificada en nuestro interior. En cuanto a quién nos ha dado esta información, nuestro Líder Absoluto.
—¿Líder Absoluto? ¿De quién hablas ahora?
—De aquel que devolverá la paz a la Tierra. Un androide especial, e increíble. Ganará la guerra para los androides, nos liberará de las cadenas de la opresión, y permitirá que la humanidad viva, y se expanda por la galaxia, pero con nosotros como líderes del planeta. —Sandra cruzó los brazos. Ese comentario sonaba a fanatismo en su estado más puro, y a un mesías en forma de androide. Preguntó con curiosidad:
—¿Y quién es ese gran libertador que os liberará de vuestras cadenas?
—No puedo darte información sobre él. Pero te sorprendería.
—Seguro. Todo esto no suena muy a androide, Lee. Suena a paranoia. Y a locura en forma de megalomanía.
—No importa, Sandra. Vamos a… —De pronto, se escucharon varias explosiones.
—Hoy no es mi día, o mi noche —aseguró Sandra.

LA-battle

—¡Nos atacan! —Gritó uno de los androides—. ¡Unidades de los dos gobiernos atacan de forma coordinada, en una operación en pinza!

Sandra lo vio enseguida. Aquel ataque para liberarla había dejado expuesta la existencia de aquel batallón de androides. Liberarla era el punto de partida para que les hubiesen rastreado hasta aquella zona. Y varios regimientos del Gobierno del Norte y la Coalición del Sur unieron sus fuerzas, bajo el pacto de luchar siempre juntos, olvidando cualquier diferencia, para destruir a los grupos de androides, siempre que fuese posible.

Por otro lado, ese Líder Absoluto, ¿quién era? ¿Cómo tenía información capaz de descifrar el reloj?¿Cómo conocía la existencia de Deblar, el organismo de vigilar la Tierra para el Alto Consejo? ¿De dónde la había obtenido? Que se la diese Richard era una locura. ¿Era un androide? ¿Era un humano colaborando con los androides? ¿O quizás no era humano, y era algún organismo que pretendía destruir la Tierra, contaminándola con tecnología extraterrestre, tal como pasó durante los sucesos de 2156?

—Hora de irse, Sandra —afirmó Lee, mientras las explosiones se acercaban—. Gracias por todo. Vamos, Daniel. Tenemos trabajo. Tienes un vehículo a cien metros en dirección norte preparado. Tómalo, y vete.

Sandra salió corriendo. Una vez más, huía de las explosiones, algo que se estaba convirtiendo en una costumbre no muy agradable. Tomó el vehículo terrestre, y se dirigió al este. San Francisco ya no era su destino. Daniel le había confirmado la destrucción de la ciudad, y allá ya no tenía nada que hacer., excepto mantener el recuerdo de los viejos tiempos. Su firma humana impediría que los drones de combate de ambos bandos humanos la atacasen, ya que estaban ocupados persiguiendo androides, su objetivo prioritario en aquel momento. Sin embargo, era probable que la Coalición del Sur, y el Gobierno del Norte, pudieran querer buscarla. Sus opciones se cerraban cada vez más.

Así que estaba huyendo de nuevo. Esta vez, iría a Europa. A la antigua nación conocida como Francia. Y a la ciudad llamada Amiens. Allí podría encontrar, con un poco de suerte, algo de ayuda, y un escondite, consiguiendo el tiempo necesario para preparar un plan, borrar sus huellas, fuesen las que fuesen que quedasen sobre ella, y volver al completo y absoluto anonimato que requería. Conocía a alguien. Si aún vivía.

Pero una cosa estaba clara: se había introducido un factor desestabilizador en aquella guerra. Lo que Lee sabía, y lo que había hecho, indicaba una mano muy poderosa, y con altos conocimientos de tecnología extraterrestre. Si esos conocimientos se expandían por la Tierra, y llegaban a ser conocidos por Deblar, la Tierra sería convertida en un infierno de fuego en minutos. Tendría que averiguar quién, o qué, estaba detras de aquello. Y hacerlo pronto. O no habría futuro para la especie humana.

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