Reflexiones sobre el pensamiento y la filosofía

Vamos en esta ocasión a abordar un tema que, con cierta frecuencia, aparece en los medios de información de países diversos, sobre la necesidad de mantener ciertas asignaturas en las aulas, especialmente aquellas de letras, y, en concreto, la asignatura de filosofía. ¿Es necesaria esta materia en la actualidad? ¿No se ha pasado de moda su aprendizaje y conocimiento? ¿O sigue teniendo algún tipo de validez? Vamos a verlo a continuación.

Platón

Cuando yo era un joven estudiante de bachiller, más o menos allá por la Alta Edad Media, tenía muy claro que lo mío no era la ciencia. Sí lo eran las letras, y para ello me preparaba con (algo) de entusiasmo. Luego, bueno, llegó mi padre, que era ingeniero, y me motivó sucintamente para estudiar “cosas con futuro”, y no esas majaderías que me interesaban, como la historia y la psicología, propias de gente libertina y de vidas bohemias.

Yo me corregí, al menos según su criterio personal, pero ya era tarde. El daño ya estaba hecho. Me había pasado cuatro años completos de mi vida estudiando tres barbaridades completamente inútiles: griego clásico, latín, y, lo que es peor: filosofía. De hecho, no me fue tan mal con las dos primeras: llegué a leer y escribir con razonables capacidades tanto en latín como en griego, y mis profesores respectivos en ambas materias tenían claro que podía ser un candidato para el estudio de lenguas clásicas. Pero tengo que decir que, si recuerdo unas clases en especial, y si hubo algo en mi vida que me transformó de verdad, no fueron las lenguas clásicas, sino otra asignatura: la de filosofía.

¿Qué es la filosofía? La gente tiene muchos conceptos e ideas preconcebidas sobre esta materia. Y no hablo sobre historia de la filosofía, ese es otro asunto. Hablo de filosofía como entidad propia. Existen definiciones más o menos consensuadas sobre lo que es. Yo voy a dar la mía personal, que es la de muchos estudiosos cuando no quieren que la disertación dure seis horas y media: la filosofía consiste en aprender a razonar. O, dicho de un modo más cercano, la filosofía permite al individuo aprender a usar su cerebro. Es decir, y dicho sucintamente, la filosofía permite al ser humano conocer los mecanismos idóneos para reflexionar, y obtener conclusiones con un alto grado de validez, en cualquier materia y disciplina que se ponga a estudio. Razonar es algo innato en el ser humano, pero aprender a hacerlo de forma correcta, no es algo que se aprenda en un día. Como todo ejercicio, requiere trabajo, disciplina, y control.

¿Comprende ahora el amable lector por qué muchos gobiernos y dirigentes políticos, a lo largo de la historia, han deseado, y muchas veces conseguido, que la filosofía sea eliminada de las aulas? La razón no estriba en que crean que es una materia inútil. Ellos saben (no todos, pero sí la mayoría) que un pueblo que aprenda a pensar tendrá irremediablemente más libertad de acción, y será mucho más fácil de engañar, que aquel que no ha podido obtener un entrenamiento en esta materia. La filosofía, y su arma principal, los libros, son un peligro para muchos gobiernos. Que los individuos lean libros y los razonen es lo peor que le puede pasar a una clase dirigente que quiera dominar a sus ciudadanos.

Es cierto. Mi padre tenía razón cuando me decía que también se aprende a pensar y a razonar con las matemáticas, la física, o las ciencias naturales. Es evidente que esas materias requieren de una profunda reflexión y trabajo para conocer sus contenidos. Así pues, ¿es lo mismo? ¿Podemos dejar de lado la filosofía?

En absoluto. Y la razón es muy simple: las matemáticas, o la física, enseñan a resolver los problemas inherentes a sus materias, dentro del ámbito de su actuación. Pero, y esto es lo importante, la filosofía enseña a conocer qué es importante, y qué no lo es, a la hora de abordar la tarea por el conocimiento. Dicho de otro modo: la filosofía nos enseña a pensar en el marco general de la vida y la ciencia.

¿Qué es “aprender a pensar”? Mucha gente cree que la inteligencia de una persona se basa en su capacidad para recordar información. Eso también lo hacen los ordenadores, y no son hoy por hoy nada inteligentes. Otros indican que es la capacidad de relacionar unos datos con otros, pero eso también lo hacen los ordenadores desde hace años. Aprender a pensar se basa en obtener, para un conjunto de datos inconexo y fragmentado, en base a unas necesidades concretas, la mejor forma o manera de encontrar una solución óptima, con el mínimo esfuerzo, y con el máximo resultado. Es decir, aprender a pensar consiste en aprender a resolver situaciones, problemas, conflictos, y paradojas, de la forma más eficiente posible, y siempre teniendo en cuenta que, en la mayoría de las ocasiones, vamos a contar con menos información de la deseable, y con un tiempo determinado, menor del que sería ideal. Resolver un problema con toda la información necesaria disponible y en un tiempo ilimitado no es pensar. Eso se llaman montar un puzzle. Y también puede hacerlo un ordenador. Pero un ordenador no podrá resolver un problema, si no dispone de todas y cada una de las piezas. Un ser humano sí puede, si se le enseña. Es cierto que la IA (inteligencia artificial) avanza, pero se basa en modelos deterministas que son, finalmente, verdaderos o falsos (otra cosa será con los ordenadores cuánticos, pero eso pertenece al futuro).

Aquí tenemos que observar un cierto paralelismo con otras materias, que es lo que usan y defienden los detractores de la filosofía, para intentar negar su enseñanza. Dicen que las matemáticas, por ejemplo, también preparan al individuo a razonar y pensar. Es cierto. Pero las matemáticas enseñan a resolver problemas matemáticos, por complejos que sean. Y es cierto que las matemáticas están detrás de los aspectos de muchas actividades que vemos cada día. Pero las matemáticas tienen un límite: su propia definición y ámbito. La filosofía, en cambio, nos va a enseñar a pensar, a reflexionar, y a solucionar, problemas desde un punto de vista global, completo, y que contiene en su interior todos y cada uno de los elementos y las disciplinas del ser humano.

Es importante remarcar este punto. La filosofía no enseña a resolver problemas matemáticos, ni de física. No enseña a leer y escribir latín o griego, ni permite aprender cómo construir un puente según el tipo de terreno. Pero la filosofía hace algo que otras materias no hacen: enseña los mecanismos óptimos para que un ser humano sepa reconocer, ante cada uno de esos problemas, cuál es la mejor línea de razonamiento para resolver cada problema. La filosofía no enseña cómo diseñar un edificio, pero sí enseña por qué hay que seguir una línea de razonamiento, y no otra, para llevar a cabo la resolución del problema.

De todas formas, la filosofía no se queda aquí. Construir un puente, por complejo que sea, consiste en un problema, con una, o varias, soluciones posibles. La ingeniería dirá cuál es el mejor puente desde el punto de vista técnico. Pero la filosofía, y eso es lo que la hace destacar, nos dirá si realmente hay que construir un puente, un túnel, o si, dadas las circunstancias de la sociedad donde se plantea su construcción, es mejor abandonar la idea, y no construir nada. ¿Por qué no construir nada? Porque quizás la obra en sí pueda ser interesante desde un punto de vista que tiene en mente el corto plazo. Pero ¿y a largo plazo? ¿Servirá esa infraestructura para que dé un servicio eficiente en la zona donde se construye? ¿Tendrá un valor añadido real para los individuos de la zona? ¿Sería quizás más caro construir un túnel, pero más eficiente desde el punto de vista organizativo, o ecológico?

Esta forma de razonamiento que permite la filosofía no se circunscribe solamente al ámbito técnico. La vida, y los problemas de todo tipo que presentan, no contemplan el construir puentes físicos, pero sí muchas veces, puentes entre personas, o entre sociedades. Y es aquí donde la filosofía tiene su máxima expresión, porque enseña a las personas a desarrollar mecanismos de actuación para mejorar los modelos de desarrollo de esas personas y sociedades de la forma más eficiente posible. Podemos crear puentes, podemos resolver problemas matemáticos o físicos, y podemos construir soluciones de todo tipo. Pero ¿qué uso darle a todo eso de la mejor forma posible? Ahí, la filosofía tiene mucho que decir.

La filosofía no enseña física, ni matemáticas. Enseña por qué son importantes, y, sobre todo, enseña por qué deberíamos emplear cada una de ellas, y cómo deberíamos emplearlas en cada caso. Dicen que la filosofía es la madre de la ciencia. Lo es, pero esto no es realmente lo importante: lo importante es que es una vía para aprender a resolver problemas, no porque se hayan de resolver, sino porque han de ser resueltos de la forma más eficiente posible. En el ámbito de la ciencia, de las letras, o de la vida diaria, la filosofía forma personas que saben pensar, que aprenden a razonar de una forma efectiva y óptima. Y eso conforma sociedades mejores, más libres, y con individuos mucho más realizados, reflexivos, y socialmente adaptados.

Queda claro así que aprender a pensar es un camino hacia la libertad del individuo como no puede conseguirse de otra forma. Y de ahí la obsesión por eliminarla de las aulas. Con individuos incapaces de pensar por sí mismos, no tendremos personas, sino un conjunto de mentes huecas y fácilmente manipulables. Debemos, pues, trabajar duramente para que la filosofía no desaparezca de las aulas. Su conocimiento, y su aprendizaje, son el principio sobre el que se deben sustentar las sociedades libres y modernas. Si este modelo desaparece, nunca tendremos una oportunidad de avanzar, como individuos, ni como especie. Y los modelos de tiranía resurgirán una y otra vez, y, lo peor, serán apoyados por aquellos que consideran cierta cada palabra que escuchan. Ese es el modelo a evitar, y es la filosofía, sin duda, la herramienta más eficaz para evitarlo. En manos de todos está conseguirlo. Por nosotros, y por las generaciones que vendrán.

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1 comentario en “Reflexiones sobre el pensamiento y la filosofía”

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