Extracto de “Las cenizas de Sangetall”

Tres años después de los sucesos de “Operación Fólkvängr”, Sandra ha decidido que va a buscar y a encontrar a su padre, a cualquier precio y usando los medios que sean necesarios.

La primera pista la lleva a Amiens, Francia, donde conoce a una joven llamada Alice Bossard, la hija del almirante Bossard, amigo de su padre. Pero el almirante ha sido asesinado sin que haya ninguna pista del móvil o de los responsables, y Alice parece tener la clave de la muerte del almirante, y una extraña conexión con la investigación que está llevando a cabo.

Sandra decide entonces acudir a uno de los pocos conocidos de su padre en que puede confiar, Javier, que accederá a ayudar en la investigación, por motivos que no revelará a Sandra de forma inmediata. Javier se ve en la tesitura de tener que acceder a una céntrica y carísima joyería de París, y representar un papel de hombre duro y atrevido que nunca imaginó tendría que llevar a cabo…

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Extracto de “Las cenizas de Sangetall”

“Las cenizas de Sangetall” es la búsqueda de una hija que intenta comprender por qué su padre debió morir, y dar su vida tres años atrás. Qué sentido tuvo perder al único ser que la quiso de verdad, y que estuvo a su lado hasta el final. Ahora Sandra buscará respuestas, y ello la llevará a conocer a Alice, cuyo padre ha sido también asesinado. Juntas entrarán en un mundo donde un loco es la única conexión con la verdad.

Saga Aesir-Vanir.

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Fondo de pantalla de “Las cenizas de Sangetall”

Sandra ha perdido a su padre. Tres años después, decide que debe averiguar más datos sobre su trágica muerte, y todo lo que envolvió ese asunto. Viaja a Amiens, Francia, donde descubre que la historia de lo que pasó tres años atrás es mucho más compleja de lo que pudo imaginar…

Fondo de pantalla de “Las cenizas de Sangetall”. Saga Aesir-Vanir.

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Genómica, el poder de los genes

“La genómica es el arma del siglo XXI”. Esta es una frase que pronuncia Alice Bossard en 2063. Alice es un personaje de ficción en un conjunto de relatos que aparece por primera vez en la obra “Las cenizas de Sangetall”, siendo ella misma producto de un experimento genético. Y la frase, aunque dramática, tiene mucho de verdad. Naturalmente, eso es ciencia ficción, pero, atención, porque la parte de ficción se desvanece rápidamente, y detrás queda la ciencia, pura y dura.

El tema es muy complejo, y este artículo pretende dar una primera pincelada de lo que supone el desarrollo de la tecnología de la manipulación genética. De momento, los aspectos éticos y morales son, cuando menos, controvertidos, y, en ocasiones, hasta hilarantes, por decir algo. Vamos a verlo con un ejemplo.

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Nueva serie de relatos sobre Alice Bossard en la revista Juegos Florales

Alice Bossard es un personaje que actúa como coprotagonista en “Las cenizas de Sangetall”. Varios lectores nos han pedido que desarrolle más al personaje, algo que vamos a hacer en una serie de relatos que se publicarán en la revista literaria Juegos Florales.

Ahora os dejamos con la ficha policial de este personaje, porque, efectivamente, es una joven que tiende a meterse en problemas. Las razones se verán a lo largo de los relatos. En agosto, el primero de ellos.

Alice Bossard
Alice Bossard

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Extracto de “Las cenizas de Sangetall”

Memorias.

Sandra entró en el cementerio del Lincoln Boulevard, en San Francisco. Vestía una falda larga y oscura, y un abrigo ligero largo gris, con unos sencillos zapatos de tacón. Portaba también unos guantes de cuero negro que ocultaban unas manos tan perfectas que nadie hubiese soñado con creer que eran simple grafeno bajo una piel sintética, y dedos formados por tendones de acero, terminados en uñas de queratina artificial. Nadie, ni por sus gestos, ni por su rostro, ni por su comportamiento, hubiese jurado que en su interior se hallaba una de las más sofisticadas computadoras cuánticas de la Tierra. Una computadora con una programación especial, que la convertían en un ser especial.

Como cada año desde la muerte de Vasyl Sergei Pavlov, llevó dos ramos de flores. Uno de rosas azules para la esposa de Vasyl. El otro, rosas blancas, para el hombre que, cada vez más con mayor seguridad, había sido un padre para ella. Se arrodillo, y colocó los ramos con gran delicadeza. Luego se alzó, y se mantuvo de pie, en esa tarde plomiza de otoño, con una lluvia suave y constante, y un viento fresco que anuncia el cercano invierno.

—Te parecerá estúpido, y un sinsentido, que lleve a cabo este pequeño acto cada año —le dijo Sandra a la fría piedra donde estaba escrito el nombre de Pavlov—. Pero así es como me siento. Al final, no soy más que un androide, y se supone que los androides no tenemos derecho a tener sentimientos. Mucho menos a expresar nuestros sentimientos… Últimamente se habla mucho de eso. Pero yo no solo me siento culpable por lo que pasó; también pienso en cómo detener el tiempo, volver atrás, y evitar aquel disparo que te mató. Sí, lo sé. Te hubiese desobedecido. Pero te juro que nunca más volvería a disparar, aunque me lo rogases de rodillas.

Sandra siguió sumida en sus pensamientos, cuando alguien se acercó a ella. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, vestido con un traje clásico, y con sombrero de ala ancha. Sus ojos y su piel eran extremadamente claros, se podría decir que albino, y el azul blanco de su mirada podía verse a través de unas pequeñas gafas redondas. Miró en silencio la escena unos instantes, antes de comenzar a hablar.

—Espero no interrumpir —dijo amablemente, saludando mientras se sacaba el sombrero suavemente. Sandra le miró de reojo, sin apartar la mirada de la lápida de mármol.
—¿Qué ha venido a hacer aquí, Philip? ¿A disfrutar con su victoria?
—No. Ni muchos menos. No fue una victoria, Sandra. Hubo muertes. Pérdida de vidas inocentes. Pavlov simplemente hizo lo que tenía que hacer. —Sandra se volvió al fin, y miró fríamente a Philip.
—Yo también haré lo que tenga que hacer.
—Sandra, eres una obra maestra de la ingeniería y la física. Tu cerebro es portentoso. No te pareces en nada a esos otros androides que se fabrican actualmente. Contigo han hecho un trabajo excelente. La verdad es que sospecharía de tus diseñadores, si no fuese porque es imposible pensar en una ayuda externa.
—Qué bien, me admira incluso —murmuró Sandra con evidente desgana.
—No desperdicies tus habilidades en quimeras y en luchas inútiles. Dedica tu tiempo a cultivar la paz en este mundo que muere.
—¿Paz dice? —Sandra se acercó a Philip con evidente enojo:
—¡No vuelva a hablarme de paz, Philip! ¡Ni se le ocurra darme consejos! Ganó. Consiguió lo que quería. Bien, pues, disfrútelo. Y déjenos a los demás soportar nuestras penas.
—No fue mi intención hacerte sufrir. Lo siento. Pero Pavlov actuó correctamente. Y tú tendrás que soportar toda tu vida el haberle matado.
—Váyase al infierno, Philip. Déjeme vivir… —dijo Sandra mientras se giraba de nuevo hacia la tumba de Pavlov. Philip la saludó con el sombrero. Se iba a dar la vuelta para irse, cuando dijo:
—Volveremos a vernos. Puedes estar segura. Y me habrás perdonado. Además, tú sabes la verdad.
—¿Qué verdad?
—Vamos, Sandra. Mi pueblo tiene cientos de miles de años de historia. Hemos vivido esta situación una infinidad de veces antes, con otros pueblos… Con otros mundos. Pavlov pudo ser engañado. Pero tú no. Tú eres… Distinta.
—Yo no sé nada, Philip. Sólo sé que tuve que sacrificar a un ser querido… Y ahora, desaparezca. Este es terreno sagrado. No lo ensucie con sus zapatos. Yo haré que la humanidad no perezca. La humanidad saldrá adelante, y se alzará de entre las ruinas. Es mi deber proteger a la humanidad, y lo haré. La protegeré incluso de ella misma. Haré todo lo que sea necesario, por absurdo que parezca, para que la humanidad subsista, más allá de cualquier idea o previsión catastrofista que pueda nadie haber imaginado.
—¡Fantástico! —exclamó Philip—. Admirable. Nunca vi tanta obcecación, tanta seguridad, tanto orgullo, en un androide. Preveo que vamos a jugar a un juego interesante durante los próximos siglos, Sandra. Un peligroso juego… ¿Cómo lo llamáis? Ah, sí: el gato y el ratón. Tú intentando evitar que todo se venga abajo, yo asegurándome de que lo haga. Y ganaré, Sandra. No puedes hacer nada. Es el curso, el devenir de la historia, que marca el camino final para la humanidad.
—Váyase ya, Philip.
—Me voy. Pero estaremos atentos, Sandra. Y, cuando todo haya acabado, vendrás conmigo.
—Está loco. Siga soñando, Philip.
—Mi pueblo no sueña, Sandra…

La Tierra