Imagen de la semana: agujeros negros

La imagen de la semana es para un agujero negro. Uno cualquiera, son todos iguales. ¿Cómo de iguales? Se diferencian en la masa que contienen. Pero nada más. El resto de características los convierte en copias perfectas. ¿Por qué?

Porque la entropía en un agujero negro es la máxima posible. Esto significa una cosa: el desorden dentro de un agujero negro es total. La gravedad es tan potente que todo queda demolido literalmente.

Pero, de todas formas, y por mucho que nos hablen de los agujeros negros, y de sus características, la verdad es que hay preguntas importantes que no podemos contestar todavía. Nos cuentan historias de «qué pasaría si cayésemos dentro» etc. Está bien, pero la gran pregunta permanece: ¿cuál es la naturaleza del universo dentro de un agujero negro? O, dicho de otro modo: ¿qué leyes físicas son las que gobiernan el interior de un agujero negro?

Nadie lo sabe. Todavía. En los agujeros negros se entremezclan la teoría de la relatividad general, y la impredecibilidad de la mecánica cuántica. Ambas se fusionan en una teoría mayor, más completa, que engloba ambas, y que después de setenta años sigue siendo un misterio. La teoría que prometía contestar a esa pregunta, las cuerdas, ha sido ya un fracaso. Sí, ha aportado cosas interesantes, pero ni siquiera sus partículas, las partículas supersimétricas, han aparecido. El CERN de Ginebra lo ha intentado. Pero no están ahí. Agujero negro 1: teoría de cuerdas 0. Gol en el último minuto de Stephen Hawking por la escuadra.

Yo personalmente creo que la respuesta de la física de los agujeros negros conllevará una nueva revolución en la física, como la que ocurrió con la relatividad y la mecánica cuántica. Y lo creo porque se habrá respondido a una pregunta que dará muchas vías nuevas de investigación, especialmente la comprensión de la gravedad cuántica, esa parte de la física que se resiste una y otra vez. Claro que podría estar equivocado. Ya veremos.

Lo que es cierto es que el futuro promete ser interesante, y esperemos que no sea negro como los agujeros. Queda un camino importante por recorrer. Pero creo que una nueva generación de físicos traerán respuestas. Los actuales… Bueno, me guardo la respuesta. Tengo mis razones. Pero están enterradas en un agujero negro.

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Doctor, me gustan los aviones de combate. ¿Es grave?

Me gustan los simuladores de vuelo. Civiles, y, por supuesto, de combate. Hay gente que cree que por esa segunda razón soy una persona violenta. He sido acusado de asesino de inocentes, y no una vez, sino varias veces. ¿Por qué? Porque vuelo en simuladores de aviones militares.

Esa gente no sabe que colaboré con la Cruz Roja durante años en actividades de ayuda a necesitados en los ochenta, que participé en actividades de ocio para la tercera edad, o que actualmente trabajo redactando textos para una ONG de ayuda a niños enfermos. Siempre, siempre, sin cobrar ni un euro por ello. Esa gente solo sabe que soy violento porque vuelo simuladores de aviones de combate. Me pregunto qué dirán de los practicantes de esgrima olímpicos: «‘cuando terminan el duelo salen a cortar cabezas con sus espadas y floretes, al estilo Viernes 13». Claro, la esgrima invita a cortar cabezas, pasa todos los días…

No. No soy violento. Detesto la violencia, sea verbal, o física. Detesto la guerra. Detesto el maltrato a seres humanos o animales. Escribo artículos que pretenden denunciar las actitudes violentas contra cualquier grupo social.

Pero me gustan los simuladores de vuelo. En todo caso, os dejo un vídeo de una serie que preparo, y que juzgue el lector, que siempre tiene la última palabra.

Cine de ciencia ficción: “La llegada” (Arrival)

Nota: este análisis contiene spoilers. Y elevalunas eléctrico. Y cierre centralizado.

Por fin he podido ir a ver esta película de ciencia ficción que ha sido catalogada como una de las mejores de 2016. Ambientada en la actualidad, la historia narra la aparición de doce naves que se establecen de forma aparentemente aleatoria en distintos puntos del planeta, y quedan suspendidas a pocos metros de la superficie. Tras entrar en sus naves, cualquier forma de comunicación con la tripulación de esas naves es inútil. Es entonces cuando una doctora en lingüística es requerida para intentar establecer comunicación con esos seres de otro mundo.

La película es buena, está bien desarrollada, pero para mi gusto, que es bastante especial lo reconozco, cae en ciertos aspectos. De todas formas, insisto: como aficionado a la ciencia ficción soy bastante puntilloso. A pesar de mis dudas, la película está muy bien y merece la pena verse. Eso sí, no es una película para cualquiera. Tiene su desarrollo y requiere estar centrado en la película y en los detalles.

Voy a intentar desgranar los aspectos esenciales de esta película en sus elementos que me han parecido más interesantes.

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Muere John Glenn, pero no su legado

Los amantes de la aeronáutica y la astronáutica hemos perdido a un icono: John Glenn, el primer norteamericano que orbitó la Tierra en una cápsula. No el primer hombre; ese título lo ostenta el ruso Yuri Gagarin.

Glenn fue uno de los siete primeros astronautas de la historia de la NASA, que había nacido en 1958 sustituyendo a la NACA, una agencia anterior. Estos siete hombres eran pilotos de la Fuerza Aérea y de la Marina de los Estados Unidos, y prefiguraron el futuro de los viajes espaciales con el proyecto Mercury. Glenn fue al espacio a bordo de la cápsula “Friendship 7”, en honor a los siete pilotos elegidos para aquellas primeras misiones.

Existe una película, “The right stuff”, que en España se tradujo como “Elegidos para la gloria” que narra muy bien aquellos años cincuenta y principios de los sesenta, con esos pilotos de prueba que literalmente se jugaban la vida en cada vuelo experimental. Rusos y americanos abrieron las fronteras a un nuevo mundo: el del espacio exterior, en una carrera que terminó con la llegada del Apolo XI a la Luna. Actualmente, vivimos otra carrera incipiente que sin duda va a dar mucho de qué hablar: la carrera por Marte.

John Glenn fue de nuevo al espacio en 1998, en uno de los transbordadores de la NASA, para estudiar los efectos de la ingravidez y el viaje espacial en un hombre de edad avanzada. No se cortó ni un momento cuando, a sus setenta y siete años, le propusieron volver al espacio. Se enfundó el traje y viajó sin ningún problema. Personalmente creo que es admirable.

Aquellos primeros años de la NASA abrieron una multitud de fronteras, no solo en el espacio, sino en la tecnología y en las ciencias de la Tierra. Gracias a la investigación en el espacio podemos estudiar y ser conscientes de miles de problemas que afectan a nuestro planeta. Gracias a estudiar nuestro mundo desde fuera, podemos verlo en su conjunto y analizar mucho mejor sus problemas. Y gracias a viajar a otros mundos, como Marte, o Venus, podemos entender mejor el nuestro. Gracias a la investigación médica en los astronautas se han desarrollado multitud de tecnologías sanitarias que redundan en nuestro beneficio.

Y gracias al espacio, nuestra mente ha ampliado fronteras, y hemos visto más y más lejos de lo que nunca antes el ser humano había visto. Hombres como John Glenn se jugaron la vida, literalmente, para abrir esas nuevas fronteras. Cuando estemos en casa, con todas las tecnologías y comodidades que hoy disfrutamos, debemos recordar que la NASA, y hombres como Glenn, abrieron nuevas posibilidades. Sí, había un poso de militarismo en todo ello, no lo dudo. Y patriotismo, es verdad. Pero lo que nos queda es el legado científico y tecnológico.

La inversión en el espacio no es tirar el dinero. Al contrario, abre nuevos caminos a todos los niveles: científico, tecnológico, y social. Por eso creo que merece la pena recordar a aquellos hombres, y a John Glenn, que fueron los precursores de un nuevo mundo. Un mundo que, sin ellos, hoy no existiría. Muchos quieren seguir en la Edad Media, quieren volver al pasado. Que se queden ellos con el pasado. Yo ya he estado en el pasado. Solo los secretos del futuro me interesan, y solo a ellos me debo.

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Juguetes sexistas, o cómo la homofobia comienza a temprana edad

Llega la navidad, y llega a las televisiones de nuevo el clásico asunto de los juguetes sexistas. En televisión aparecían imágenes de pasillos rosas en grandes almacenes llenos de juguetes “para niñas”, y pasillos azules con juguetes “para niños”. Y la pregunta es: ¿por qué los comerciantes y la empresa del juguete en general, tras tantos y tantos años hablando del sexismo en los juguetes, siguen llevando a cabo estas actitudes, que evidentemente son sexistas?

Es muy sencillo: en primer lugar, porque, por mucho que se nos llene la boca con la igualdad de géneros, la población no está educada en base a esa igualdad que debería existir y que tanto se proclama, y que no existe en absoluto. En segundo lugar, porque los jugueteros saben que, no existiendo esa igualdad, la gente se va a inclinar por el pasillo rosa para comprar el juguete de las niñas, y por el azul para los niños. ¿Existe alguna base científica o lógica para eso?

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No. Por supuesto que no. Existe una cultura de la diferenciación por sexo (y por raza, y por credo, y por color, etc., pero no vamos a entrar en eso ahora). Parece que un niño jugando a muñecas, o una niña jugando a coches, es algo anormal. Mucha gente lo percibe así.

Voy a poner un ejemplo: el mío. Cuando yo era pequeño, tenía un robot de juguete. Caminaba con pilas, y de vez en cuando se paraba, abría una tapa, y disparaba unos láseres. Hasta ahí todo muy “macho”, muy “de hombres”. El niño nos va a salir ingeniero de robots, ya lo verás.

Pero, ay, algo ocurrió en mí. De repente, empecé a cuidar del robot. Le daba de comer. Lo tapaba con una servilleta por las noches. Lo llevaba al médico si se “ponía malo”. Le hablaba y recriminaba cuando se “portaba mal”. En definitiva, tenía con el robot lo que mucha gente considera una actitud maternal. Convertí al robot en un hijo. Yo tenía entonces unos cinco o seis años. Evidentemente, el niño estaba mostrando signos de ser “rarito”. Ay Señor, que este niño va a ser “de esos” que no tienen claro su rol en la vida. Por favor, qué castigo del Altísimo…

Lo primero que hay que decirles a los homófobos es que todos los seres humanos nacemos mujer. Todos los seres humanos, sin excepción. Vaya, cuánto lo siento, pero ya veis, la ciencia nos ha aportado este interesante dato. Solo cuando se activa una hormona determinada, en un momento determinado del desarrollo embrionario, produce la diferenciación en el caso de los famosos cromosomas X/Y. Pero atención: como ocurre tantas veces, este sistema no es un 1 o un 0, no es “todo verdadero” o “todo falso” como ocurre en los ordenadores. Es un proceso que tiene infinitos niveles. Algunos terminan siendo hombres en un porcentaje alto, otros en un porcentaje medio, otros en un porcentaje bajo. Y algunos hombres terminan siendo mujeres, y algunas mujeres terminan siendo hombres. No físicamente, pero sí en sus parámetros hormonales, de desarrollo, y de comportamiento sexual. ¿Por qué?

Es sencillo: porque la naturaleza regula la fisiología de esta forma. Es algo perfectamente natural. No es una enfermedad, ni una desviación, ni un “problema”. Es un estado natural, como el que tiene ojos azules o los tiene grises o marrones. O el que tiene el pelo rubio o moreno. La sexualidad es, en definitiva, mucho, mucho más compleja que “el chico” y “la chica”. Hay infinitos niveles intermedios entre esos dos niveles. Y, de la misma forma que nos maravillamos con los colores de los ojos o del cabello, deberíamos maravillarnos con los colores de los sentimientos de los seres humanos ante otros seres humanos, independientemente de su sexo, y del sexo por el que sienten atracción.

En mi caso, recuerdo muy bien a aquel robot, al que llamaba “Hojalata” en referencia a una serie de televisión que se llamaba “Perdidos en el espacio” y en donde aparecía un robot con ese nombre. Luego crecí, y aquel robot se perdió entre los pliegues y los sueños de mi infancia. Crecí, y desarrollé mi vida como un ser humano más. Con defectos, y con virtudes. Pero nunca mi condición sexual, o la de los demás, ha sido un impedimento para vivir una vida como la de cualquier otro ser humano. Cuando he visto a un ser humano, preguntarme por sus intereses sexuales me ha parecido un insulto a ese individuo. ¿Qué me importa a mí lo que ese ser humano sienta, mientras sea amor real? A quién enfoca ese amor no es de mi incumbencia. Si siente amor, lo demás es secundario.

El mundo es homófobo. Y el mundo está regido por el hombre, donde la mujer es sometida de una forma tan brutal al hombre en todo el mundo que podría llenar libros con este tema, pero de ese asunto trataré otro día. Los que hablan de igualdad cuando el mundo maltrata constantemente a la mujer deberían entender que hay que cambiar esta sociedad de forma que ambos, hombres y mujeres, seamos realmente iguales, en derechos, deberes, y por supuesto, en nuestros intereses sexuales.

Queda un largo, muy largo camino para eso. Luego algunos se llenarán la boca hablando de que existe una igualdad plena. Son aquellos que consideran que la mujer es un instrumento del hombre para ser usado a su conveniencia. Son aquellos que no quieren un cambio de statu quo. Son aquellos que defienden a instituciones caducas que basan ese comportamiento homófobo en libros escritos hace milenios. Mientras no dejemos eso de lado, y pasemos a una verdadera igualdad, la homofobia continuará con nosotros. Y la mujer seguirá llevándose la peor parte con muchísima diferencia. Yo apuesto por nuevas sociedades más equitativas, más justas e igualitarias, en las que los niños jueguen con sus juguetes, no con las expectativas de sus padres. Ese es el camino a seguir. El único camino a la verdadera igualdad de género para el mundo.

Pearl Harbor, el día de la infamia

Este miércoles 7 de diciembre se conmemora el 75 aniversario del ataque japonés a Pearl Harbor. Este evento, conocido como «el día de la infamia», dio pie a la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial. Aunque, en realidad, Estados Unidos ya estaba muy implicada en la guerra, dando soporte económico, tecnológico, logístico, y militar, a Reino Unido principalmente, y también a otros países.

El partido republicano se oponía de forma agresiva a que Estados Unidos entrara en la guerra, pero el ataque dejó claro que la idea de que el país americano se mantuviera al margen era algo que no podría continuar dándose por mucho tiempo.

Por supuesto, en este momento muchos lectores estarán pensando que, en realidad, Estados Unidos provocó el ataque. Otros también estarán pensando que no se hizo nada, es decir, que no se provocó el ataque, pero sí se dejó que Japón golpeara primero. Y otros, que fue una absoluta sorpresa sin más.

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Aviones japoneses se disponen a iniciar el ataque a Pearl Harbor

La verdad, como siempre, es más compleja que una solución única. Es probable que hubiese una combinación de las tres ideas en función del nivel del funcionario de turno del gobierno y del oficial del ejército. En general, es muy probable que hubiese un deseo de convencer al pueblo americano de que un ataque sorpresa japonés era un cuchillo por la espalda a traición. Y se sabía que la Flota Combinada japonesa, compuesta de al menos cuatro portaaviones y sus escoltas, habían partido de sus bases en Hokkaido con rumbo desconocido. En realidad eran seis portaaviones, en un ataque pensado por el almirante japonés Isoroku Yamamoto.

El problema, como suele ocurrir, es que los objetivos que se pensaba eran los más probables no fueron atacados en primer lugar. Sí lo fueron en los siguientes días, cuando ya se había declarado la guerra. El primer golpe fue en Pearl Harbor, en la isla de Oahu. Y es evidente que los mandos de la isla no sabían nada de un ataque aéreo. Husband E. Kimmel, almirante responsable de la flota en el Pacífico, fue exonerado recientemente de toda culpa. También el teniente general Walter Short del ejército. Ambos estaban en la isla de Oahu durante el ataque. Ambos fueron chivos expiatorios del ataque. Y ambos, con toda probabilidad, desconocían lo que ocurría. Incluso el radar del punto Opana, en el norte de la isla, que detectó el ataque, y que fue ignorado completamente. Se pensó que eran los B-17 que llegaban ese día del continente. Perfecto, pero los B-17 venían del este, no del norte.

Toda esta confusión ha dado lugar a todo tipo de ideas conspiradoras durante 75 años. Algunas plausibles. Otras absurdas. Yo personalmente me inclino a pensar por lo que suele ocurrir casi siempre: la explicación más sencilla suele ser la buena, tal como dice la navaja de Ockham. Y la explicación más sencilla es que la incompetencia y la burocracia se sumaron para que la información no fluyera de la forma conveniente. De hecho, juntar todas las piezas es algo que se hizo en Washington. Pero esa información llegó tarde a Oahu. Y, de todas formas, solo hubiese aumentado la confusión que ya sufrían Kimmel y Short.

Otro dato que se usa para especular era que ningún portaaviones estaba en el puerto en el momento del ataque. En realidad, eso es ver las cosas con demasiada retrospectiva; el noventa por ciento de los oficiales de alto rango de la marina de los Estados Unidos seguían creyendo que el acorazado, y no los portaaviones, sería la clave para ganar la guerra en el mar. Recordemos una máxima fundamental del militar: los ejércitos se preparan siempre para la anterior guerra. Es decir, las doctrinas sobre la siguiente guerra se basan en la experiencia de la anterior. Y muchas guerras nunca son iguales a las anteriores, bien por temas geopolíticos, tecnológicos, organizativos, o de tipo estratégico.

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Monumento al Arizona en Pearl Harbor en la actualidad

Pearl Harbor fue el inicio de un terrible camino que terminó con la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki, y con el terror de las armas nucleares anunciando su llegada. En medio, cientos de batallas y de hechos de un horror inimaginable. Tengo algunos enlaces a horrores en el Pacífico que en Europa no solemos tener en cuenta, y que me abstendré de poner porque creo que es suficiente con saber que, desde cualquier punto de vista, la humanidad debería abandonar la guerra como forma de resolver sus diferencias.

La guerra es algo más que terrible: es un monstruo que lo devora todo. Y, desgraciadamente, siguen dándose de forma reiterada por todo el mundo. En estos momentos, diciembre de 2016, podemos contar una buena cantidad de guerras por todo el globo. Algunas televisadas. Otras ni siquiera se mencionan. Pero todas ellas siegan vidas cada día. De hecho, tenemos un Pearl Harbor cada día en algún lugar del mundo. Hora es de que acaben, y ojalá en el futuro veamos las armas convertidas en banderas de paz. Ese es mi deseo.

Existe una película muy buena que narra estos hechos: Tora! Tora! Tora! Por supuesto, da un punto de vista posible, y recordemos que tiene dos directores, uno de ellos japonés, por lo que se intentó que la visión fuese equilibrada entre ambos bandos. Creo que es una película-documental muy equilibrada, aunque es evidente que es un punto de vista, y otros son perfectamente plausibles.

Si alguien está pensando en la película “Pearl Harbor” de Ben Affleck, me gustaría advertirle: es un despropósito, esa no la recomiendo en absoluto. De hecho con unos amigos hicimos una lista de errores de la película, que ocupaba casi tres páginas. Esa lista anda por ahí todavía creo. Eso sí, la historia de amor es bonita. Para gente de entre 12 y 15 años claro. El resto pueden pasar a otras cosas más interesantes.

Medición de distancias mediante supernovas de tipo 1a

Una pregunta recurrente cuando se habla de distancias en el universo es cómo se puede conocer esa distancia. Teniendo en cuenta que hasta hace poco menos de cien años se pensaba que la galaxia de Andrómeda era una nube de gas en nuestra propia galaxia, y que nuestra galaxia era todo el universo, hemos recorrido un largo camino en conocer el universo y su tamaño.

Lo cierto es que la pregunta es muy interesante, y la respuesta más rápida es la que se suele acostumbrar en ciencia: no podemos medir la distancia a objetos lejanos con absoluta precisión. Siempre puede haber y habrá una cierta desviación. Pero esa desviación está dentro de unos parámetros aceptables y razonables. Existen varios métodos para extrapolar la distancia de un objeto a la Tierra, y hoy vamos a ver uno muy interesante: las supernovas de tipo 1a, en la explicación posterior.

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La insoportable superficialidad de Facebook (II)

Lo que voy a comentar a continuación es mi experiencia personal. Por ello, no quiero dar a entender de ninguna manera que lo que voy a decir es algo generalizado. Es, simple y llanamente, mi punto de vista. Nada más.

Siempre, ya desde que era un enano, he sido acusado de ser un inadaptado social, y un sociópata. Y es probable que en muchos aspectos mis acusadores tengan razón. Sin embargo, incluso siendo así, creo que tengo motivos suficientes para abandonar Facebook de una forma definitiva. No voy a aburrir el lector con detalles, solo daré la información más básica y relevante.

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Primero: de los amigos que tengo en Facebook, una gran parte de ellos los conocí fuera de Facebook, en una conocida web de simulación aérea y aeronáutica, donde participaba como instructor de vuelo. Allí hice buenos y entrañables amigos, con los que incluso nos reuníamos periódicamente en Madrid, llegando gente de toda España a las reuniones.

Segundo: el otro grupo de amigos que tengo en Facebook son, también, gente conocida en otra web, una red de literatura. Gente con la que también interactúo de forma más o menos constante.

Tercero: tengo, o mejor tenía, una letanía de gente, que no pertenece a los grupos anteriores, con la que nunca he interactuado. Esa gente que, misteriosamente, te manda una petición de amistad desde vaya usted a saber dónde y sin saber por qué, y con la que luego nunca vuelves a contactar. Ellos me ignoraban, yo los ignoraba. Me consta que esto ocurre con mucha gente.

Cuarto: ¿cómo se pueden tener «100 amigos», o «250 amigos»? o ¿»500 amigos»?  ¿Gente con la que nunca hablas, de la que nada sabes, que no te importan, que no les importas, cuyo traspaso de información se reduce a un «me gusta» o dos durante los últimos cinco años? No me refiero a la estrella de cine o de rock claro, o a artistas o científicos consagrados. Me refiero a gente anónima y completamente desconocida como yo, que el único club de fans que he tenido era un grupo de gatos a los que daba de comer cuando era pequeño.

Quinto, y final: dejando aparte el tema de amistades, las fuentes de información en Facebook son, en la mayoría de los casos, falsas, distorsionadas, o simplemente vulgares. Sí, hay gente que escribe cosas interesantes, por supuesto. Artistas, pintores, científicos… Pero a esta gente se la puede seguir perfectamente sin necesidad de hacer nada más que tenerlos en Facebook, y, lo más importante: demostrándoles que valoras su trabajo mediante comentarios. Hablo de comentarios, porque los seres humanos hablamos y escribimos, no ponemos «me gusta» a una pareja o amigo cuando la conocemos. El «me gusta» está bien, pero solo si se complementa con un comentario. Entonces valoras realmente a esa persona. Demasiada gente ve algo, y pone «me gusta» por compromiso sin atender siquiera a lo expuesto. Yo no soporto eso.

La vida no funciona mediante símbolos, mediante dibujos de «me gusta» o caritas. Funciona mediante palabras, y, sobre todo, funciona mediante hechos. El hecho, la acción, es la que define al ser humano. La interacción entre personas no puede, no debe, reducirse a buscar el «me gusta» de los demás. Yo no quiero «me gustas». Yo quiero personas con las que pueda interactuar, hablar, sentir, charlar. Por correo, por Facebook, por WhatsApp, y, por supuesto, de forma personal siempre y cuando sea posible.

Facebook tiene cosas positivas, es indudable, no quiero restar importancia a la utilidad que tiene para personas que tienen familiares y amigos lejanos, y pueden tener un contacto diario. Pero esas personas no basan sus relaciones en Facebook; la red social es un complemento a sus vidas,  no el motivo de estar conectados los unos a los otros.

He conocido a gente muy interesante en Facebook, sin duda. Pero no me voy a dejar llevar por el ruido de la red social, ni por las ataduras que impone. Actualmente tengo un blog de ciencia en Facebook que complementa a este blog, y lo seguiré teniendo por supuesto, porque, como digo, Facebook tiene cosas positivas y útiles, y. no voy a renunciar a ellas. Esa página que tengo en Facebook me permite dar a conocer mis textos científicos, que no literarios. Porque ese es otro aspecto negativo de Facebook: la falta de interés por temas que no sean risas y diversión, y, sobre todo, por temas creativos personales.

Me explicaré: la gente en Facebook, en su gran mayoría, no quiere problemas, ni pensamientos profundos, ni reflexiones. No quiere largas explicaciones. Quiere ruido, noticias rápidas que se leen en diez segundos. Yo no soporto eso. No soporto leer cincuenta noticias absurdas sobre gatitos o sobre viajes en el tiempo o sobre extraterrestres cada hora. Yo quiero material denso, profundo, contrastado, científico, riguroso, que invite a pensar y a reflexionar. No quiero un carrusel de noticias absurdas y distorsionadas, cuando no directamente falsas, cincuenta vídeos de gatitos, y las fotos de los pies de la gente que ha vuelto de vacaciones. Hay gente que se siente feliz con eso, y lo respeto. Yo no me siento feliz. Por otro lado, si escribo una reflexión, o presento algún texto personal, la gente los ignora completamente. Quieren mis chistes, pero no mi mente. Y yo no soy mis chistes, yo soy mi mente, y mis reflexiones. Si no quieres eso de mí, no quieres nada de mí.

Por eso abandono feliz y contento Facebook, aunque sé que por el camino pierdo algunas amistades. Pero las verdaderas amistades de Facebook las conservaré, porque son algo más que un escaparate de falsas risas y falsos «me gusta». Son personas con las que interactúo y con las que disfruto en compañía. Esas personas, seguro, seguirán ahí siempre, porque son amigos, y no necesitan de mis chistes. No quiero sus fotos, ni ellos las mías. Queremos las personas que hay detrás. Y eso es lo que valoro de ellos, y ellos de mí.

He tomado la decisión, y me siento feliz y liberado por ello. Ahora tendré tiempo para reflexionar, para pensar, para salir del ruido de Facebook y volver a experimentar el pensamiento puro y sin esas miles de voces buscando el vídeo del día de la caída del bebé, o de la relación de este con aquel, o del último descubrimiento fantástico que lo cambiará todo, o del agua milagrosa que cura el cáncer. Ahora podré volver a meditar y a sentir que estoy solo, para poder estar en compañía. Aquella compañía que realmente quiera compartir pensamientos y reflexiones. Es hora de volver a usar la mente para la filosofía, la ciencia, y el arte. Es hora de volver a disfrutar de la mente y de la vida. Y no podría haber tomado una mejor decisión.

Nos vemos. Pero, si es posible, no en Facebook, por favor.

Un poco de humor

Siempre hay que creer en el humor. Gestionar un blog de ciencia a veces es complicado, puede el lector estar seguro, y el humor es una válvula de escape muy eficaz. Seguiremos adelante, con pasión y con entusiasmo por la ciencia. Al menos, mientras el cuerpo aguante. Feliz fin de semana, y feliz semana.

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El diario El País desacredita a Einstein

Observo últimamente que está poniéndose de moda, otra vez, desacreditar a Albert Einstein. Hace unas horas he leído un artículo del diario español El País que habla abiertamente cómo un grupo de estudiantes en un experimento demuestran que «Einstein estaba equivocado» en relación a un trabajo realizado en el museo CosmoCaixa de la ciudad de Barcelona.

Evidentemente, ante una afirmación así, que consigue despertarme del tedio de la mañana, leo atentamente la información. Se indica que el experimento tiene que ver con la mecánica cuántica. Como Albert Einstein no creía que la mecánica cuántica fuese una teoría completa, tenemos titular.

Fíjese el lector en cuál es el procedimiento: primero, Einstein no creía en la mecánica cuántica. Segundo, un grupo de estudiantes realizan un experimento en el que interviene la mecánica cuántica. Tercero, el periodista, que de periodista tiene poco, extrae el siguiente titular: si los estudiantes hablan de mecánica cuántica, como Einstein no creía en la mecánica cuántica, los estudiantes están desacreditando a Einstein.

Es decir, el titular de la noticia no es el experimento, más o menos interesante por supuesto, y me parece estupendo y genial que gente joven vea de primera mano experimentos sobre mecánica cuántica. Ojalá se hiciesen más ejercicios como este. El problema es el titular periodístico: no se pretende ensalzar a los estudiantes aplicados, sino remarcar que esos estudiantes están desacreditando a Albert Einstein.

Voy a decir dos cosas: primera: Einstein era un ser humano asombroso. Cometió errores, por supuesto. Pero sus logros son y están ahí, y siguen siendo, cien años después, completamente válidos.

Segundo: este tipo de periodismo hace muchísimo, muchísimo daño a la ciencia y a la cultura científica de los lectores. No podemos dedicarnos a buscar titulares sensacionalistas y tendenciosos. No podemos hacer entender que Einstein se equivocaba. Debemos explicar que Einstein no acertó en la mecánica cuántica, es cierto, pero no diciendo que un grupo de alumnos le desacreditan en una escuela. Eso no es ciencia. Eso es charlatanería y ganas de llenar páginas de sensacionalismo.

Tenemos que explicar a los alumnos los logros, y por supuesto los fracasos, de Einstein. Pero debemos informar de ello de una forma seria y rigurosa. Este tipo de artículos desacreditando a Einstein, o a otros científicos, es un camino hacia el desprestigio de la misma ciencia. Y así no lograremos construir una base de científicos rigurosos y serios con el futuro de cualquier investigación. Tratándose del diario El País, lamentablemente, este hecho se da en demasiadas ocasiones.

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