Origen y desarrollo de la vida, o por qué estamos solos

Se habla mucho últimamente de marcianitos por todas partes. Alguien encuentra una anomalía mediante un telescopio: marcianos. Alguien detecta una estrella con información confusa: marcianos. Alguien comprueba que un planeta tiene una atmósfera aparentemente incomprensible: marcianos. Se ven marcianos como antes se veían apariciones marianas, y el objetivo siempre es el mismo: llamar la atención del personal.

Sin embargo, por supuesto, no son marcianos. Todas esas pruebas que solo buscan llenar páginas y conseguir clicks, se deben a fenómenos naturales perfectamente comprensibles una vez verificados y analizados los datos. Algunos son hechos complejos sin duda. Pero todos dentro de explicaciones causadas por la acción de la naturaleza. No hay marcianos. Y es más: puede que nunca encontremos marcianos. Puede que estemos solos. Puede que nadie llama a la Tierra porque no hay nadie para llamar, ni para contestar a nuestras llamadas. Vamos a ver por qué.

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La galaxia de Andrómeda, y las Nubes de Magallanes, dos galaxias compañeras

Existen miles de millones de galaxias. Y cada una de ellas contiene miles de millones de estrellas, la mayoría con planetas. Se podría suponer que debería de haber miles de civilizaciones solo en nuestra galaxia, incluso con cálculos conservadores (la ecuación de Drake permite hacer algunas aproximaciones). Entonces ¿por qué no hemos contactado con ellos? ¿Por qué no detectamos sus señales? ¿Dónde están los marcianos? ¿Se esconden? ¿Temen a la humanidad? ¿Siguen la Primera Directriz, como en Star Trek? ¿No somos interesantes?

Me estoy refiriendo a civilizaciones tecnológicamente avanzadas, no a vida primigenia. Y la respuesta es, desgraciadamente, más sencilla que todo lo anterior.

Hoy traigo malas noticias a los amantes de la aventura extraterrestre: estamos solos en el universo. Bueno, voy a puntualizar: probablemente estemos solos en el universo, en cuanto a civilizaciones tecnológicas se refiere. Vida microscópica y organismos multicelulares básicos puede haber muchísimos. No así seres avanzados. ¿Por qué? Hagamos algunos cálculos extremadamente básicos, pero reveladores.

Hemos de partir de una premisa: solo tenemos un ejemplo de mundo con vida por ahora: la Tierra. Pero, al igual que el sistema solar es un sistema estelar típico, podemos partir de la hipótesis de que la Tierra sea un planeta tipo rocoso típico, como ya se está verificando en muchos planetas extrasolares. La Tierra no es rara, al contrario: es muy habitual. Y ya se sospecha que Marte pudo tener un mar templado, y posiblemente vida en el pasado.

Vamos con el primer dato: la Tierra se formó hace aproximadamente 4.500 millones de años, dentro del ciclo estándar de creación de sistemas estelares, con una estrella central, y planetas en órbita. La vida apareció poco después, geológicamente hablando, hace unos 3.500 millones de años, o incluso algunas cifras llegan hasta los 4.000 millones de años. Pongamos 3.800 millones de años. Eso quiere decir que, durante el 84,4% del tiempo de existencia de la Tierra, esta ha tenido vida ininterrumpidamente.

Segundo dato: durante la mayor parte de ese tiempo con vida, esta era microscópica, o basada en organismos muy básicos, como las algas. Se sabe que hasta la explosión del Cámbrico, hace 600 millones de años, la vida era poco compleja. No tan poco compleja como hasta ahora se creía; sí había algunos organismos más avanzados, pero en todo caso, organismos muy simples en comparación con un mamífero como el caballo o el ser humano.

3.800 millones de años menos 600 millones de años = 3.200 millones de años con organismos simples. Esto significa, que durante la historia de la vida de la Tierra, el 84,2% del tiempo el planeta albergó organismos muy básicos.

Esto nos deja con que durante 600 millones de años ha habido vida avanzada multicelular en la Tierra. 100-84,2 = 15,8% del tiempo de la vida de la Tierra con organismos avanzados.

Pero, de ese tiempo, el ser humano, como única especie tecnológicamente avanzada, ha aparecido durante los últimos 100.000 años. Esta cifra indica el tiempo en el que el ser humano ha desarrollado tecnologías que lo han diferenciado claramente de otras especies.

Si tenemos 3.800 millones de años de vida, y calculamos 0,1 millones de años con vida tecnológica, tenemos que, desde que apareció la vida, ha habido vida inteligente en la Tierra durante un porcentaje de 0,00263%.

Pero el ser humano solo ha sido capaz de emitir radiaciones al exterior y de comunicarse durante los últimos 100 años. Cien años son 0,0001 millones de años. Si dividimos 0,0001 millones de años entre 3800 millones de años, tenemos 0,000000263 como el porcentaje de tiempo que ha habido vida inteligente capaz de comunicarse en la Tierra desde que apareció la vida, o lo que es lo mismo, 2,63158E-06.

Vaya, este dato da un poco de pena. Del 100% del tiempo de la existencia de vida en la Tierra, tenemos 0,000000263 como porcentaje en el que este planeta con vida se ha podido comunicar con otras especies de alguna forma. Si cifras así fuesen similares en otros mundos, la cosa sería preocupante. Porque, además, tenemos que tener en cuenta dos cosas:

1.- El tiempo que llevan otras especies existiendo.
2.- El tiempo que han tardado en extinguirse.

Sobre el punto 1, algunas especies podrían llevar millones de años transmitiendo información. De acuerdo. Si eso fuese así, el espacio debería estar lleno de señales radioeléctricas. El problema aquí radica en el tiempo, es decir, en el punto 2: ¿cuánto tarda una especie, desde que comienza a realizar emisiones, en desaparecer? No lo sabemos. Incluso con la humanidad, ese dato no es extrapolable. ¿O sí?

La humanidad ha mantenido muchas alzas y caídas de civilizaciones. Las anteriores no disponían de sistemas tecnológicos capaces de emitir señales al espacio. Nuestra actual sociedad sí es capaz. Pero ¿cuánto va a durar nuestra sociedad? No me refiero al “fin del mundo”. ¿Cuánto tiempo vamos a resistir aguantando la increíble y creciente marea de ignorantes dispuestos a acabar con la ciencia y el progreso, para imponer sus pseudociencias y religiones, para volver a un nuevo mundo medieval? No mucho, si hemos de ceñirnos a las experiencias del pasado, como las de Grecia y Roma. Si alguien cree que esto es una exageración, le recordaré un caso ya ocurrido: Roma. Ahora hablaré de ello.

Pongamos que una civilización humana avanzada en cuanto a cultura y conocimiento cae aplastada por los ignorantes e iluminados en 600 años. Llevamos unos 300 años de progreso, y 100 de tecnología de radiocomunicación. Nos quedan aproximadamente 200 a 300 años antes de que nuestra sociedad caiga. Pero, teniendo en cuenta que la tecnología puede pervivir, podríamos pensar en sociedades futuras, cada vez más degradadas intelectualmente, que todavía usen la tecnología de forma decreciente. En 400 o 500 años la humanidad podría volver a la Edad Media, y convertirse en una nueva sociedad preindustrial.

Si alguien cree que esto no es posible, le pongo el ejemplo antes comentado: Roma. Roma tenía grandes avances en muchos campos: científicos, médicos, o de ingeniería. Todos ellos se perdieron con la barbarie medieval. Los anticiencia de la época quemaron todo el conocimiento posible, y convirtieron la idea de progreso e investigación en una herejía. ¿De verdad alguien cree que no pueda volver a pasar? Yo sí lo creo. Creo que puede volver a pasar. Incluso podría estar pasando ya.

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También tuvieron su oportunidad, pero quedó aplastada por las circunstancias

Visto lo visto, si realmente las sociedades tecnológicas con capacidad de comunicación al espacio exterior viven entre 300 y pongamos 1000 años, si esa es la media de una civilización, como así ha sido en nuestro mundo en varias ocasiones (mayas, sumerios, persas, egipcios, griegos, romanos, etc), nos queda poco para desaparecer. Si ese cálculo es extrapolable a otras civilizaciones, y teniendo en cuenta que 1000 años es un instante en los millones de años que puede haber entre una civilización y otra, es normal que no oigamos nada. Las llamadas son cortas y muy espaciadas en el tiempo. No hay nadie ahí fuera. Lo hubo, en un instante del pasado. Lo habrá, en un instante del futuro. Y luego nada. Vacío, silencio, y frío.

Esta es una visión pesimista de las cosas, sin duda. Pero ¿dónde están ellos? No lo sabemos. La ciencia ficción nos trae universos increíbles con miles de especies. Pero la realidad es dura y testaruda. Si estamos solos, y si una civilización acaba desapareciendo de un modo u otro, no tenemos más remedio que aceptar el hecho consumado: vamos a desaparecer. Dioses, libros, música, historia, arte, ciencia, sueños, todo desaparecerá convertido en polvo, y para siempre. Ese será el legado de la humanidad: el de una especie más que lo intentó y no pudo superar sus limitaciones. Puede que haya alguna civilización que sí lo haya conseguido. Pero no parece lo habitual. Si somos una excepción, está por ver.

De momento, no apostaría un euro o un dólar en ello, puede el lector estar completamente seguro de eso.

Solo los muertos han visto el final de la guerra

Todos estamos de acuerdo en una cosa: la guerra es la peor creación que jamás pudo imaginar el ser humano. La mayor de las pesadillas, y la más terrible invención llevada nunca a cabo. Las guerras lo devoran todo, acaban con todo, y no dejan sino un dolor infinito, que dura generaciones.

Creo que cualquier ser humano estará de acuerdo en que cualquier medio para evitar una guerra es mejor que iniciarla. Porque las guerras se sabe cómo empiezan, pero nunca se saben cómo acaban.

De acuerdo. Entonces ¿por qué han muerto el doble de seres humanos desde 1945, cuando acabó la segunda guerra mundial, que en toda aquella guerra, incluidas las víctimas de las bombas atómicas? ¿Por qué las ventas de armas de todo tipo no dejan de crecer? ¿Por qué tenemos que ver a millones de refugiados huir de sus hogares por armas que fabrican nuestros propios países, y que vendemos a dictadores sin escrúpulos, llevándonos suculentos beneficios, para luego acusar a las víctimas provocadas por nuestras propias armas de ser los culpables de sus desgracias?

La respuesta es muy sencilla: hipocresía. Y avaricia. Y falta de cualquier atisbo de humanismo. Y geoestrategia, como ellos lo llaman eufemísticamente, cuando no se trata de geoestrategia: se trata del control, del poder, y de mantener el statu quo de los pueblos que, en cada momento de la historia, han sido los más poderosos, desde Sumeria hasta la actualidad.

Mucha gente, afortunadamente, no sabe lo que es la guerra. Y ojalá no lo sepan nunca. Pero son muchos, demasiados, los seres humanos indefensos que son brutalmente asesinados cada día en nombre de cualquier causa que solo esconde una verdad: que la única causa para provocar la guerra es alimentar al monstruo de la guerra. Y que la muerte de inocentes no tiene otra finalidad que seguir llenando los bolsillos de seres monstruosos cuya carencia de humanismo es solo comparable a la que podríamos encontrar en el mismo infierno.

La guerra es un monstruo que lo devora todo. Pero la guerra no existe por sí misma; se alimenta de la indiferencia y del ansia de poder.

Todos estamos de acuerdo en que la guerra es el peor monstruo de la humanidad. Pero todos vemos crecer nuevas guerras a nuestro alrededor. No se trata de llevar alimentos a un país o a otro, o de admitir a este o a aquel refugiado. Esa es una solución temporal. Lo que hay que llevar a todos los países del mundo es cultura, educación, formación, respeto, igualdad, y conocimiento.

Con ese caldo de cultivo, los pueblos podrán tener pan, agua, futuro, y una paz duradera. Recordemos que los muros siempre funcionan en ambas direcciones. Los de piedra, y, especialmente, los que se construyen en el corazón de los seres humanos. Porque esos, son, al final, los muros más difíciles de derribar. Y esos muros son los que construyen las armas que luego llevan el dolor a la humanidad. Derribemos esos muros; y tendremos, por fin, paz. Paz, y una justa y eterna libertad.

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«No quiero creer. Quiero saber» (C. Sagan)

La frase de la semana es de Carl Sagan, que ya he traído a La cocina de Sócrates en alguna ocasión. Refleja perfectamente el modo de trabajar de una mente científica: no creas nada, reflexiona todo, analiza los datos, y obtén conclusiones basadas en hechos empíricos.

Cuando nos dan información de algo, por ejemplo en Facebook, lo creemos inmediatamente. Constantemente llegan noticias falsas. Debemos ser analíticos y considerar si aquello o esto es cierto o falso.

Efectivamente, yo, como Sagan, no quiero creer. Quiero saber. Quiero entender. Quiero conocer los secretos del universo. No quiero que me los cuenten para que deba creerlos sin más. Quiero verlos por mí mismo. 

Quiero mirar a través del telescopio de la razón y el conocimiento y entender cómo y por qué existe el universo,su naturaleza, su pasado, y su futuro. Que no me vengan con historias imaginarias y que solo pretenden que deje de preguntarme una cosa: por qué.

Por ejemplo, una pregunta sencilla y trivial: ¿por qué existe el universo? ¿Podremos saberlo algún día? Con la ciencia, la reflexión, y el estudio, es posible. Con la ignorancia y el conformismo no lo sabremos nunca.Yo voto por la ciencia y por la reflexión. Ese es el objetivo de mi vida. Y a eso entrego mi esfuerzo cada día.

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Al universo no le preocupamos, en absoluto

El cartel reza: «Departamento de físicas Heisenberg. Usted probablemente está aquí». Y el chiste tiene algo de razón. Probablemente estamos en algún lugar de casa leyendo esto, o en el trabajo, o donde sea. Pero solo en parte.

Porque… ¿sabía usted que, según la mecánica cuántica y de la función de ondas de Heisenberg, existe una probabilidad mínima, pero mayor de cero, de que alguna de sus partículas se encuentre al otro lado del universo?

El universo es como es, y no le importan ni le interesan nuestros prejuicios y convicciones. Las partículas son ondas de probabilidad, no se puede medir su estado completo con total seguridad. Cuando analizamos una partícula, solo obtenemos una cierta certeza de su naturaleza. No se trata de un problema con los instrumentos. El universo es así. 

Por eso, cuando afirmemos algo con seguridad y rotundidad, recordemos que esa seguridad no puede aplicarse al universo.

Todo es relativo, es cierto. Pero, además, todo es probable, no seguro. Podemos tener un cien por cien de seguridad en nuestra moral y ética. Pero, cuando aplica al mismo universo, toda esa seguridad desaparece. Esa es la maravilla de la mecánica cuántica. Y ese es, probablemente, uno de los mejores descubrimientos de la historia de la ciencia.

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Escritores: consejo para terminar el año

¿Eres escritor, mejor o peor, aficionado más o menos, pero escritor? ¿Has recibido un mensaje como el que acompaña a esta entrada? Si tu respuesta es afirmativa, permíteme un consejo:

NO pagues. Repito: no pagues. Nunca.

No vendas tus sueños a una empresa que, a cambio de una entrevista, un banner, y una entrada en su blog, te quiere cobrar 40 euros. ¿Por qué? Muy sencillo: porque tú vales eso, y mucho más.

Di no al mercantilismo de tus sueños. No esperes triunfar como escritor vendiéndote a estas pseudoeditoriales que compran el sueño de ser escritor por un módico precio. No caigas en el error de creer que algo así te va a llevar al éxito. Si eres bueno, trabaja, escribe, publica, promociona tú trabajo, y si alguien te dice que quiere entrevistarte, que lo haga. Si alguien quiere hacerte un escritor de éxito, que lo haga. Si alguien quiere ponerte en su blog, que lo haga. Pero no pagando. No vendas tu calidad, tu prestigio como escritor, a cambio de unos euros.

Los que nos dedicamos a esto de escribir estamos invadidos por este tipo de empresas. Compran los sueños de gente joven, o no tan joven, y nos quieren hacer creer que vamos a llegar a lo más alto a cambio de unos euros. Desengáñate. Llegarás al éxito si eres bueno, y si trabajas bien tu capacidad de comunicación y de promoción. Si quieres pagar por promocionar tu trabajo, hazlo con empresas de publicidad profesionales. No hay nada malo en ello. Pero esas empresas no te van a prometer el éxito. Van a prometerte que tu publicidad llegará a un público, pero no te venderán sueños de grandeza.

Hay mucha gente dispuesta a soñar, y hay muchos que saben que hay gente desesperada por pagar por llevar su sueño a la realidad. No caigas en ese error. Si te ofrecen un contrato para algo, y te quieren cobrar por publicar y/o promocionar tu trabajo, lo único que quieren es convertirte en parte de su negocio. Tu éxito no les interesa. Tu dinero sí. No caigas en eso. No merece la pena.

Adjunto el texto que he recibido hoy. Recibo textos similares todos los meses.

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Imagen de la semana: agujeros negros

La imagen de la semana es para un agujero negro. Uno cualquiera, son todos iguales. ¿Cómo de iguales? Se diferencian en la masa que contienen. Pero nada más. El resto de características los convierte en copias perfectas. ¿Por qué?

Porque la entropía en un agujero negro es la máxima posible. Esto significa una cosa: el desorden dentro de un agujero negro es total. La gravedad es tan potente que todo queda demolido literalmente.

Pero, de todas formas, y por mucho que nos hablen de los agujeros negros, y de sus características, la verdad es que hay preguntas importantes que no podemos contestar todavía. Nos cuentan historias de «qué pasaría si cayésemos dentro» etc. Está bien, pero la gran pregunta permanece: ¿cuál es la naturaleza del universo dentro de un agujero negro? O, dicho de otro modo: ¿qué leyes físicas son las que gobiernan el interior de un agujero negro?

Nadie lo sabe. Todavía. En los agujeros negros se entremezclan la teoría de la relatividad general, y la impredecibilidad de la mecánica cuántica. Ambas se fusionan en una teoría mayor, más completa, que engloba ambas, y que después de setenta años sigue siendo un misterio. La teoría que prometía contestar a esa pregunta, las cuerdas, ha sido ya un fracaso. Sí, ha aportado cosas interesantes, pero ni siquiera sus partículas, las partículas supersimétricas, han aparecido. El CERN de Ginebra lo ha intentado. Pero no están ahí. Agujero negro 1: teoría de cuerdas 0. Gol en el último minuto de Stephen Hawking por la escuadra.

Yo personalmente creo que la respuesta de la física de los agujeros negros conllevará una nueva revolución en la física, como la que ocurrió con la relatividad y la mecánica cuántica. Y lo creo porque se habrá respondido a una pregunta que dará muchas vías nuevas de investigación, especialmente la comprensión de la gravedad cuántica, esa parte de la física que se resiste una y otra vez. Claro que podría estar equivocado. Ya veremos.

Lo que es cierto es que el futuro promete ser interesante, y esperemos que no sea negro como los agujeros. Queda un camino importante por recorrer. Pero creo que una nueva generación de físicos traerán respuestas. Los actuales… Bueno, me guardo la respuesta. Tengo mis razones. Pero están enterradas en un agujero negro.

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Cine de ciencia ficción: “La llegada” (Arrival)

Nota: este análisis contiene spoilers. Y elevalunas eléctrico. Y cierre centralizado.

Por fin he podido ir a ver esta película de ciencia ficción que ha sido catalogada como una de las mejores de 2016. Ambientada en la actualidad, la historia narra la aparición de doce naves que se establecen de forma aparentemente aleatoria en distintos puntos del planeta, y quedan suspendidas a pocos metros de la superficie. Tras entrar en sus naves, cualquier forma de comunicación con la tripulación de esas naves es inútil. Es entonces cuando una doctora en lingüística es requerida para intentar establecer comunicación con esos seres de otro mundo.

La película es buena, está bien desarrollada, pero para mi gusto, que es bastante especial lo reconozco, cae en ciertos aspectos. De todas formas, insisto: como aficionado a la ciencia ficción soy bastante puntilloso. A pesar de mis dudas, la película está muy bien y merece la pena verse. Eso sí, no es una película para cualquiera. Tiene su desarrollo y requiere estar centrado en la película y en los detalles.

Voy a intentar desgranar los aspectos esenciales de esta película en sus elementos que me han parecido más interesantes.

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Muere John Glenn, pero no su legado

Los amantes de la aeronáutica y la astronáutica hemos perdido a un icono: John Glenn, el primer norteamericano que orbitó la Tierra en una cápsula. No el primer hombre; ese título lo ostenta el ruso Yuri Gagarin.

Glenn fue uno de los siete primeros astronautas de la historia de la NASA, que había nacido en 1958 sustituyendo a la NACA, una agencia anterior. Estos siete hombres eran pilotos de la Fuerza Aérea y de la Marina de los Estados Unidos, y prefiguraron el futuro de los viajes espaciales con el proyecto Mercury. Glenn fue al espacio a bordo de la cápsula “Friendship 7”, en honor a los siete pilotos elegidos para aquellas primeras misiones.

Existe una película, “The right stuff”, que en España se tradujo como “Elegidos para la gloria” que narra muy bien aquellos años cincuenta y principios de los sesenta, con esos pilotos de prueba que literalmente se jugaban la vida en cada vuelo experimental. Rusos y americanos abrieron las fronteras a un nuevo mundo: el del espacio exterior, en una carrera que terminó con la llegada del Apolo XI a la Luna. Actualmente, vivimos otra carrera incipiente que sin duda va a dar mucho de qué hablar: la carrera por Marte.

John Glenn fue de nuevo al espacio en 1998, en uno de los transbordadores de la NASA, para estudiar los efectos de la ingravidez y el viaje espacial en un hombre de edad avanzada. No se cortó ni un momento cuando, a sus setenta y siete años, le propusieron volver al espacio. Se enfundó el traje y viajó sin ningún problema. Personalmente creo que es admirable.

Aquellos primeros años de la NASA abrieron una multitud de fronteras, no solo en el espacio, sino en la tecnología y en las ciencias de la Tierra. Gracias a la investigación en el espacio podemos estudiar y ser conscientes de miles de problemas que afectan a nuestro planeta. Gracias a estudiar nuestro mundo desde fuera, podemos verlo en su conjunto y analizar mucho mejor sus problemas. Y gracias a viajar a otros mundos, como Marte, o Venus, podemos entender mejor el nuestro. Gracias a la investigación médica en los astronautas se han desarrollado multitud de tecnologías sanitarias que redundan en nuestro beneficio.

Y gracias al espacio, nuestra mente ha ampliado fronteras, y hemos visto más y más lejos de lo que nunca antes el ser humano había visto. Hombres como John Glenn se jugaron la vida, literalmente, para abrir esas nuevas fronteras. Cuando estemos en casa, con todas las tecnologías y comodidades que hoy disfrutamos, debemos recordar que la NASA, y hombres como Glenn, abrieron nuevas posibilidades. Sí, había un poso de militarismo en todo ello, no lo dudo. Y patriotismo, es verdad. Pero lo que nos queda es el legado científico y tecnológico.

La inversión en el espacio no es tirar el dinero. Al contrario, abre nuevos caminos a todos los niveles: científico, tecnológico, y social. Por eso creo que merece la pena recordar a aquellos hombres, y a John Glenn, que fueron los precursores de un nuevo mundo. Un mundo que, sin ellos, hoy no existiría. Muchos quieren seguir en la Edad Media, quieren volver al pasado. Que se queden ellos con el pasado. Yo ya he estado en el pasado. Solo los secretos del futuro me interesan, y solo a ellos me debo.

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Juguetes sexistas, o cómo la homofobia comienza a temprana edad

Llega la navidad, y llega a las televisiones de nuevo el clásico asunto de los juguetes sexistas. En televisión aparecían imágenes de pasillos rosas en grandes almacenes llenos de juguetes “para niñas”, y pasillos azules con juguetes “para niños”. Y la pregunta es: ¿por qué los comerciantes y la empresa del juguete en general, tras tantos y tantos años hablando del sexismo en los juguetes, siguen llevando a cabo estas actitudes, que evidentemente son sexistas?

Es muy sencillo: en primer lugar, porque, por mucho que se nos llene la boca con la igualdad de géneros, la población no está educada en base a esa igualdad que debería existir y que tanto se proclama, y que no existe en absoluto. En segundo lugar, porque los jugueteros saben que, no existiendo esa igualdad, la gente se va a inclinar por el pasillo rosa para comprar el juguete de las niñas, y por el azul para los niños. ¿Existe alguna base científica o lógica para eso?

homofobia

No. Por supuesto que no. Existe una cultura de la diferenciación por sexo (y por raza, y por credo, y por color, etc., pero no vamos a entrar en eso ahora). Parece que un niño jugando a muñecas, o una niña jugando a coches, es algo anormal. Mucha gente lo percibe así.

Voy a poner un ejemplo: el mío. Cuando yo era pequeño, tenía un robot de juguete. Caminaba con pilas, y de vez en cuando se paraba, abría una tapa, y disparaba unos láseres. Hasta ahí todo muy “macho”, muy “de hombres”. El niño nos va a salir ingeniero de robots, ya lo verás.

Pero, ay, algo ocurrió en mí. De repente, empecé a cuidar del robot. Le daba de comer. Lo tapaba con una servilleta por las noches. Lo llevaba al médico si se “ponía malo”. Le hablaba y recriminaba cuando se “portaba mal”. En definitiva, tenía con el robot lo que mucha gente considera una actitud maternal. Convertí al robot en un hijo. Yo tenía entonces unos cinco o seis años. Evidentemente, el niño estaba mostrando signos de ser “rarito”. Ay Señor, que este niño va a ser “de esos” que no tienen claro su rol en la vida. Por favor, qué castigo del Altísimo…

Lo primero que hay que decirles a los homófobos es que todos los seres humanos nacemos mujer. Todos los seres humanos, sin excepción. Vaya, cuánto lo siento, pero ya veis, la ciencia nos ha aportado este interesante dato. Solo cuando se activa una hormona determinada, en un momento determinado del desarrollo embrionario, produce la diferenciación en el caso de los famosos cromosomas X/Y. Pero atención: como ocurre tantas veces, este sistema no es un 1 o un 0, no es “todo verdadero” o “todo falso” como ocurre en los ordenadores. Es un proceso que tiene infinitos niveles. Algunos terminan siendo hombres en un porcentaje alto, otros en un porcentaje medio, otros en un porcentaje bajo. Y algunos hombres terminan siendo mujeres, y algunas mujeres terminan siendo hombres. No físicamente, pero sí en sus parámetros hormonales, de desarrollo, y de comportamiento sexual. ¿Por qué?

Es sencillo: porque la naturaleza regula la fisiología de esta forma. Es algo perfectamente natural. No es una enfermedad, ni una desviación, ni un “problema”. Es un estado natural, como el que tiene ojos azules o los tiene grises o marrones. O el que tiene el pelo rubio o moreno. La sexualidad es, en definitiva, mucho, mucho más compleja que “el chico” y “la chica”. Hay infinitos niveles intermedios entre esos dos niveles. Y, de la misma forma que nos maravillamos con los colores de los ojos o del cabello, deberíamos maravillarnos con los colores de los sentimientos de los seres humanos ante otros seres humanos, independientemente de su sexo, y del sexo por el que sienten atracción.

En mi caso, recuerdo muy bien a aquel robot, al que llamaba “Hojalata” en referencia a una serie de televisión que se llamaba “Perdidos en el espacio” y en donde aparecía un robot con ese nombre. Luego crecí, y aquel robot se perdió entre los pliegues y los sueños de mi infancia. Crecí, y desarrollé mi vida como un ser humano más. Con defectos, y con virtudes. Pero nunca mi condición sexual, o la de los demás, ha sido un impedimento para vivir una vida como la de cualquier otro ser humano. Cuando he visto a un ser humano, preguntarme por sus intereses sexuales me ha parecido un insulto a ese individuo. ¿Qué me importa a mí lo que ese ser humano sienta, mientras sea amor real? A quién enfoca ese amor no es de mi incumbencia. Si siente amor, lo demás es secundario.

El mundo es homófobo. Y el mundo está regido por el hombre, donde la mujer es sometida de una forma tan brutal al hombre en todo el mundo que podría llenar libros con este tema, pero de ese asunto trataré otro día. Los que hablan de igualdad cuando el mundo maltrata constantemente a la mujer deberían entender que hay que cambiar esta sociedad de forma que ambos, hombres y mujeres, seamos realmente iguales, en derechos, deberes, y por supuesto, en nuestros intereses sexuales.

Queda un largo, muy largo camino para eso. Luego algunos se llenarán la boca hablando de que existe una igualdad plena. Son aquellos que consideran que la mujer es un instrumento del hombre para ser usado a su conveniencia. Son aquellos que no quieren un cambio de statu quo. Son aquellos que defienden a instituciones caducas que basan ese comportamiento homófobo en libros escritos hace milenios. Mientras no dejemos eso de lado, y pasemos a una verdadera igualdad, la homofobia continuará con nosotros. Y la mujer seguirá llevándose la peor parte con muchísima diferencia. Yo apuesto por nuevas sociedades más equitativas, más justas e igualitarias, en las que los niños jueguen con sus juguetes, no con las expectativas de sus padres. Ese es el camino a seguir. El único camino a la verdadera igualdad de género para el mundo.

Pearl Harbor, el día de la infamia

Este miércoles 7 de diciembre se conmemora el 75 aniversario del ataque japonés a Pearl Harbor. Este evento, conocido como «el día de la infamia», dio pie a la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial. Aunque, en realidad, Estados Unidos ya estaba muy implicada en la guerra, dando soporte económico, tecnológico, logístico, y militar, a Reino Unido principalmente, y también a otros países.

El partido republicano se oponía de forma agresiva a que Estados Unidos entrara en la guerra, pero el ataque dejó claro que la idea de que el país americano se mantuviera al margen era algo que no podría continuar dándose por mucho tiempo.

Por supuesto, en este momento muchos lectores estarán pensando que, en realidad, Estados Unidos provocó el ataque. Otros también estarán pensando que no se hizo nada, es decir, que no se provocó el ataque, pero sí se dejó que Japón golpeara primero. Y otros, que fue una absoluta sorpresa sin más.

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Aviones japoneses se disponen a iniciar el ataque a Pearl Harbor

La verdad, como siempre, es más compleja que una solución única. Es probable que hubiese una combinación de las tres ideas en función del nivel del funcionario de turno del gobierno y del oficial del ejército. En general, es muy probable que hubiese un deseo de convencer al pueblo americano de que un ataque sorpresa japonés era un cuchillo por la espalda a traición. Y se sabía que la Flota Combinada japonesa, compuesta de al menos cuatro portaaviones y sus escoltas, habían partido de sus bases en Hokkaido con rumbo desconocido. En realidad eran seis portaaviones, en un ataque pensado por el almirante japonés Isoroku Yamamoto.

El problema, como suele ocurrir, es que los objetivos que se pensaba eran los más probables no fueron atacados en primer lugar. Sí lo fueron en los siguientes días, cuando ya se había declarado la guerra. El primer golpe fue en Pearl Harbor, en la isla de Oahu. Y es evidente que los mandos de la isla no sabían nada de un ataque aéreo. Husband E. Kimmel, almirante responsable de la flota en el Pacífico, fue exonerado recientemente de toda culpa. También el teniente general Walter Short del ejército. Ambos estaban en la isla de Oahu durante el ataque. Ambos fueron chivos expiatorios del ataque. Y ambos, con toda probabilidad, desconocían lo que ocurría. Incluso el radar del punto Opana, en el norte de la isla, que detectó el ataque, y que fue ignorado completamente. Se pensó que eran los B-17 que llegaban ese día del continente. Perfecto, pero los B-17 venían del este, no del norte.

Toda esta confusión ha dado lugar a todo tipo de ideas conspiradoras durante 75 años. Algunas plausibles. Otras absurdas. Yo personalmente me inclino a pensar por lo que suele ocurrir casi siempre: la explicación más sencilla suele ser la buena, tal como dice la navaja de Ockham. Y la explicación más sencilla es que la incompetencia y la burocracia se sumaron para que la información no fluyera de la forma conveniente. De hecho, juntar todas las piezas es algo que se hizo en Washington. Pero esa información llegó tarde a Oahu. Y, de todas formas, solo hubiese aumentado la confusión que ya sufrían Kimmel y Short.

Otro dato que se usa para especular era que ningún portaaviones estaba en el puerto en el momento del ataque. En realidad, eso es ver las cosas con demasiada retrospectiva; el noventa por ciento de los oficiales de alto rango de la marina de los Estados Unidos seguían creyendo que el acorazado, y no los portaaviones, sería la clave para ganar la guerra en el mar. Recordemos una máxima fundamental del militar: los ejércitos se preparan siempre para la anterior guerra. Es decir, las doctrinas sobre la siguiente guerra se basan en la experiencia de la anterior. Y muchas guerras nunca son iguales a las anteriores, bien por temas geopolíticos, tecnológicos, organizativos, o de tipo estratégico.

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Monumento al Arizona en Pearl Harbor en la actualidad

Pearl Harbor fue el inicio de un terrible camino que terminó con la monstruosidad de Hiroshima y Nagasaki, y con el terror de las armas nucleares anunciando su llegada. En medio, cientos de batallas y de hechos de un horror inimaginable. Tengo algunos enlaces a horrores en el Pacífico que en Europa no solemos tener en cuenta, y que me abstendré de poner porque creo que es suficiente con saber que, desde cualquier punto de vista, la humanidad debería abandonar la guerra como forma de resolver sus diferencias.

La guerra es algo más que terrible: es un monstruo que lo devora todo. Y, desgraciadamente, siguen dándose de forma reiterada por todo el mundo. En estos momentos, diciembre de 2016, podemos contar una buena cantidad de guerras por todo el globo. Algunas televisadas. Otras ni siquiera se mencionan. Pero todas ellas siegan vidas cada día. De hecho, tenemos un Pearl Harbor cada día en algún lugar del mundo. Hora es de que acaben, y ojalá en el futuro veamos las armas convertidas en banderas de paz. Ese es mi deseo.

Existe una película muy buena que narra estos hechos: Tora! Tora! Tora! Por supuesto, da un punto de vista posible, y recordemos que tiene dos directores, uno de ellos japonés, por lo que se intentó que la visión fuese equilibrada entre ambos bandos. Creo que es una película-documental muy equilibrada, aunque es evidente que es un punto de vista, y otros son perfectamente plausibles.

Si alguien está pensando en la película “Pearl Harbor” de Ben Affleck, me gustaría advertirle: es un despropósito, esa no la recomiendo en absoluto. De hecho con unos amigos hicimos una lista de errores de la película, que ocupaba casi tres páginas. Esa lista anda por ahí todavía creo. Eso sí, la historia de amor es bonita. Para gente de entre 12 y 15 años claro. El resto pueden pasar a otras cosas más interesantes.