Qué sería de la humanidad sin exploradores. Sin hombres y mujeres interesados en mirar más allá, más lejos. De derribar los muros de la desidia y la ignorancia, y abrir puentes hacia el futuro. Un futuro donde podamos explorar nuevas metas, sean estas físicas, psicológicas, y superar miedos y prejuicios.
Este tema es el que se trata en uno de los episodios de la temporada 2 de «Star Trek: Voyager», titulado «Los 37». Es un homenaje a una mujer: Amelia Earhart. Y a un sueño: ser la primera en conquistar varios hitos para la aviación. Amelia se convirtió, por derecho propio, en un símbolo de la fuerza y el coraje a finales de los años 20, y en los años 30, del siglo XX. Realizó varias proezas que dejaron claro que la aviación era el futuro de la humanidad, y demostró, para desasosiego de muchos, que una mujer puede realizar perfectamente cualquier trabajo, incluso los más arriesgados, porque lo que se requiere es constancia, esfuerzo, y dedicación.
Amelia ha inspirado desde entonces a miles de mujeres de todo el mundo para ser pilotos y exploradoras, y, mucho más importante, para superar esas barreras ridículas que pretenden que la mujer sea un objeto más de la casa. Amelia desaparició en 1937 en uno de sus viajes, y se sospecha que se han encontrado sus restos recientemente, aunque no está probado. Pero eso es lo de menos. Lo importante es que fue una imagen en la que se han visto reflejadas muchas mujeres.
Hoy quiero rendir un pequeño homenaje a Amelia Earhart, y recordar que los sueños están para ser llevados a cabo. Naturalmente, no siempre se puede. Pero la persistencia, la dedicación, y el trabajo, que hoy en día parecen olvidados, son fundamentales. En este mundo donde todo ha de ser rápido e inmediato, Amelia es la imagen de que el trabajo lleva tiempo, años, y muchos fracasos. Pero nunca es tarde para el próximo vuelo, o para la próxima meta. La frase del texto: «Nunca interrumpas a alguien que está haciendo lo que dijiste que no podría hacerse».
Ayer se comentaba en una televisión local el hecho de que un individuo que ha ganado las elecciones democráticamente tiene derecho a legislar las leyes y aplicar las acciones que crea necesarias sin que tenga que ser criticado por ello. También se comentó que una mayoría que apoya a un individuo en sus acciones respalda automáticamente esas acciones.
Ante tales argumentos sorprendentes y propios de ideas que deberían de estar superadas hace tiempo, lo cierto es que esa idea es falsa. Completamente falsa. Se vota para hacer justicia. Se vota para conseguir nuevos logros para las sociedades de la Tierra. Se vota para conseguir algo más de libertad, un poco más de paz, y un futuro mejor para todos. No se vota para dar rienda suelta a cualquier idea, por absurda que sea, y por el simple hecho de que una mayoría las apoya. Porque un día esa mayoría puede decidir apoyar acciones que luego se conviertan en una pesadilla para las sociedades que las han promovido y vivido.
No. La democracia no es eso. La democracia no es el instrumento para ser usado con fines particulares. La democracia no se puede sostener bajo el argumento de la mayoría. Es importante. Pero cuando esa mayoría usa ese poder para mantener a una minoría, la democracia está fallando, porque democracia significa poder del pueblo.
Si el pueblo pierde el poder, la democracia no sirve de nada. Incluso si son los propios votantes los que ceden el poder de forma voluntaria, eso no es democracia. Eso tiene otro nombre. Y es un nombre que debemos enterrar para siempre. O nuevos fantasmas se levantarán de nuevo. Algo que debíamos de haber superado hace mucho, demasiado tiempo.
Tenía bastante claro que la llegada del Sr. Trump al poder iba a traer de vuelta muchos de los viejos fantasmas que vivimos en los años 30 del siglo XX. Uno de ellos es el de obediencia debida. Trump ha expulsado a la Fiscal General de los Estados Unidos, porque se ha negado a seguir sus instrucciones para perseguir a seres humanos en función de su origen, nacionalidad o creencias religiosas. Pero ¿qué es la obediencia debida? ¿Y cuáles son sus límites?
Se han cometido muchas agresiones en la historia de la humanidad por el argumento de la obediencia debida. La frase «yo solo seguía órdenes» ha sido usada para razonar acciones que superan claramente los argumentos. Pero el tema no es tan sencillo. A veces se deben dar órdenes que son difíciles de llevar a cabo, pero que requieren ser seguidas por un bien común mayor. ¿Cómo solucionar este problema?
La respuesta está en realidad en el párrafo anterior. El bien común. Esa es la clave en la que podemos apoyarnos para tomar una decisión para seguir o no una orden de un superior. No podemos, como subordinados, actuar ciegamente. Si somos conscientes de que nuestras acciones, promovidas por órdenes superiores, atentan contra el bien común, contra la mayoría, y, especialmente, contra los derechos humanos, debemos sin duda negarnos a obedecer las órdenes.
Decirlo es mucho más fácil que hacerlo, no cabe ninguna duda. Pero por eso es importante que sepamos, en todo momento, qué estamos haciendo y por qué. No podemos lanzarnos a ejecutar una orden si sospechamos que es contraria a cualquier principio fundamental para el respeto y los derechos de las personas. No podemos confundir obediencia debida con la ejecución de órdenes que son un ataque a un grupo determinado de seres humanos.
Es en estos momentos de incertidumbre y de dolor ante hechos tan terribles, cuando tenemos que retrotraernos a aquellos documentos y principios que explican, y enseñan, las cualidades básicas fundamentales que se deben seguir en el derecho internacional. Unas normas que deben ser tenidas en cuenta por todos los pueblos de la Tierra, so pena de volver a situaciones que deberíamos haber superado hace tiempo.
Para mí, los derechos humanos, establecidos en 1948, son una prueba fundamental de que un pueblo que superó una terrible guerra escribió un documento que estamos olvidando a toda velocidad. Creo que las actuales generaciones están olvidando en muchos casos el dolor y el sufrimiento que supone olvidar esos principios. Creo que es nuestro deber enseñarles por qué no debemos olvidar aquel horror. Porque, si olvidamos, volveremos a cometer aquellos errores.
Trump es un aviso. Pero no será el último. Debemos actuar, y actuar ya. O perderemos lo que durante tantos años costó tanto conseguir.
La frase de la semana va sobre la libertad. En estos días se habla mucho de libertad. Si han de ser libres unos, y no otros, en función del lugar en el que han nacido, la religión que profesan, o el color de su piel. Algunos individuos han decidido quién debe ser libre, y quién debe ser sometido a vigilancia, recluido, e incluso torturado, en nombre de una falsa seguridad que, en el mejor de los casos, es contraproducente. Y en el peor, lleva a los estados, y a los seres humanos, a perder todavía más libertad.
¿Qué nos queda frente a estas personas que nos dicen cuándo y cómo debemos ser libres y por qué? Pocas opciones, la verdad. Cuando un sistema policial se organiza para controlar a todo individuo sin excepción, debemos aprender nosotros mismos a ser libres, sin que nada, ni nadie, nos lo impida.
Pueden encadenarnos. Pueden detenernos. Pueden torturarnos. Y pueden condenarnos. Pero no podrán evitar que sigamos siendo libres. Y eso es lo que realmente temen. Ellos quieren ciudadanos callados, ciudadanos sometidos, ciudadanos temerosos. En definitiva, ciudadanos que teman perder su libertad, cuando hace tiempo que no la disfrutan.
La única conclusión lógica es una, y solo una: nos sentiremos libres porque somos libres. Porque queremos serlo. Y porque lo somos. Podrán dictar leyes, podrán perseguirnos. Pero no nos podrán quitar nuestra libertad. Es libre quien se siente libre. Y eso nadie lo cambiará. Nunca.
El lector sabe perfectamente a qué me refiero, por supuesto. Y ellos saben que no nos doblarán. Ni nos someterán. Jamás.
Qué haríamos en el mundo sin un poco de humor. Si tenemos un circo montado en la política internacional, podemos procurar sonreír por un momento. No reír, porque hay muchas vidas en juego, y el futuro de muchos seres humanos. Pero es importante no perder el sentido del humor, y pensar que, con un poco de suerte, esta pesadilla pasará pronto. Yo no creo que acabe la legislatura, y por supuesto creo menos aún que gane otras elecciones. El problema es el daño que puede hacer mientras tanto.
Después de un día bastante agitado, me he sentado un momento y se me ha ocurrido esta tontería. Pero la tontería es ver cómo un hombre gestiona el país más poderoso del mundo como un niño caprichoso y consentido. Un niño al que le han dado un poder inmenso. Y lo peor: está dispuesto a usarlo a cualquier precio. Tanto que aprecian a Dios los republicanos, espero que recen para que paren esta locura. Eso espero.
Un abrazo a mis hermanos mexicanos. Ellos son grandes y maravillosos por sí mismos, y nadie les va a a amurallar su futuro. Ni el de ellos, ni el de ningún pueblo de la Tierra.
Existen dos tipos de muros: los de piedra, cemento o madera, y los que construyen los seres humanos en su interior. Ambos son difíciles de superar, pero los primeros pueden ser derribados por las ideas de solidaridad y humanismo. Los segundos, esos son mucho más difíciles de derribar, porque están construidos con el odio y el resentimiento hacia lo que es distinto de lo que hemos conocido y entendido como nuestro.
Hemos de dejar de creer que en la Tierra no hay sitio para todos. Quienes dicen eso sospechosamente no suelen incluirse en la lista de «sobrantes». Hemos de dejar de creer que hay seres humanos que deben tener oportunidades frente a otros a los que se les debe negar. Y hemos de hacerlo porque, un día, alguien puede decidir que somos nosotros los que no nos merecemos esa oportunidad.
Hemos de dejar de hablar de refugiados. Todos somos refugiados. Mientras un solo ser humano esté desamparado, el problema es de todos. Eso se llama solidaridad. ¿Vamos a construir mejores sociedades plantando enormes muros? ¿Vamos a ser mejores anteponiendo nuestros intereses a los de los demás, en lugar de negociar lo que es el interés general de todos los pueblos de la Tierra?
No soy tan tonto como para no creer que hay que defenderse de ciertas fuerzas y poderes que intentan socavar lo conseguido. Apoyo disponer de sistemas de defensa y de seguridad bien equipados y preparados para cualquier eventualidad. Pero no podemos, repito, no podemos convertir en objetivos a pueblos enteros, en base a su lugar de origen o sus creencias. Hemos de perseguir a quienes intentan dañar la libertad, y a nadie más. No podemos convertir a millones de seres humanos en sospechosos. Como dijo Benjamin Franklin, no podemos cambiar libertad por seguridad, porque perderemos ambas.
Nos llamamos seres libres. No es verdad. No lo somos. No mientras consideremos que debemos coartar la libertad de otros. Seremos libres de verdad cuando consideremos una obligación moral y ética, como personas y como pueblos, el que todo ser humano tenga derecho.a la misma libertad que nosotros disfrutamos. Seremos libres cuando tendamos una mano amiga a quien la necesita.
Luego alguien podría reírse de mí, y llamarme soñador y utópico. Pero los sueños de libertad y de un futuro mejor para la humanidad se consiguieron con utopías de hombres que soñaron con un mundo mejor y más justo. Ese es mi camino. Y creo, honradamente, que es el camino. El único camino para un mundo mejor y de mayor libertad.
Derribemos todos los muros. Construyamos un mundo de oportunidades para todos los pueblos sin excepciones. Y veremos cómo no necesitan huir millones de refugiados de sus casas. Hoy son ellos. Mañana podríamos ser nosotros. Es una lección que la historia ha explicado mil veces. Hora es de aprender esa lección ya.
El pasado 20 de marzo, mientras Donald Trump tomaba posesión de la Casa Blanca como 45 presidente de Estados Unidos, estuve contemplando una película sobre dos momentos que hicieron a América verdaderamente grande: el trabajo de un joven NASA por enviar al primer ser humano al espacio, y la lucha de una parte de la población estadounidense para liberarse de prejuicios y racismo.
Esa película es «Figuras ocultas» (Hidden figures), una verdadera obra maestra del cine histórico, y un mensaje muy claro: los países se hacen grandes cuando está unido y trabaja unido por una causa común, no cuando un grupo de hombres y mujeres son despreciados porque se da el caso de que su cantidad de melanina en piel es algo mayor que la de otros. ¿Puede la melanina de la piel afectar a la capacidad del cerebro para trabajar? Eso sería tanto como preguntarse si el color azul de los ojos es mejor para ser bueno en ciencias que el color verde o el castaño.
Nota: cuando hable de América me referiré a Estados Unidos. América es por supuesto mucho más que ese país.
La película.
«Figuras ocultas» se centra en tres de las mujeres que trabajaron en la NASA, siendo empleadas como verdaderas computadoras humanas, ya que en aquellos años los ordenadores eran una verdadera novedad, y la NASA, que había nacido en 1958, todavía no disponía de ninguno de aquellos primeros grandes monstruos, lentos pero ya mucho más capaces que un ser humano a la hora de procesar cálculos. El ordenador del que hablan, el IBM 9070, fue sin duda importante, ya que era el primero con transistores de estado sólido, dejando atrás por fin las caras y delicadas válvulas de vacío.
Pero, mientras ese ordenador se ponía a punto, los cálculos necesarios para el vuelo espacial eran desarrollados por estas mujeres, muchas de ellas verdaderas científicas de altísimo nivel, que eran sistemáticamente ignoradas por la NASA. Ellas eran en gran parte responsables de la seguridad y fiabilidad de las primeras cápsulas del proyecto Mercury, y ellas fueron denostadas y olvidadas. Hasta ahora.
En 1961, cuando los rusos ganaban claramente la incipiente carrera espacial que tenía como finalidad llevar a un ser humano a la Luna, el racismo era tan evidente en Estados Unidos que incluso los negros tenían sus propios lavabos en la NASA. Hoy, cuando leo críticas de esta grandísima película en diferentes medios, veo que muchos se siguen preguntando qué sitio tienen los negros en el mundo. Los derechos sociales y las leyes no bastan; hemos de enseñar a la población que el respeto a los derechos humanos aplica a todos los seres humanos sin excepción.
La película, basada en hechos reales tomados de las memorias de sus protagonistas, desarrolla un trabajo excelente en el proceso de visualizar cómo tres mujeres se abren camino, con enormes dificultades, en medio de una enorme desconfianza de los blancos hacia ellas. Un proceso en el que el mero hecho de ser negro significaba una pérdida de oportunidades. Algo así no puede hacer grande a un país. Porque no lo olvidemos: América no será grande por un pequeño grupo de líderes poderosos, sino por el esfuerzo conjunto de todos sus hombres y mujeres, con los mismos derechos, y los mismos deberes. Y por supuesto, con las mismas oportunidades.
Algunas críticas de la película destacan negativamente su ritmo pausado y su falta de enegía. Vamos a ver, estamos hablando de un relato de tres mujeres que viven una vida normal intentando salir adelante, no tres guerreras ninja luchando contra una horda de extraterrestres asesinos. Esta es una película de muy marcado corte histórico, que explica hechos históricos, pero la vida de tres personas en sus casas con sus hijos y sus sueños no va a ir acompañada de efectos especiales y destrucción de planetas. Naturalmente que es pausada, lo importante es el homenaje que rinde a esas personas que fueron injustamente olvidadas. Hasta ahora.
Ellas, como miles de mujeres, negras y por supuesto también blancas, han sido denostadas y olvidadas. Es hora de que eso termine. El otro día en un programa de televisión, «El hormiguero», una niña de 15 años, Alyssa Carson, a la que sigo desde hace cuatro años en Facebook, con la que he compartido alguna conversación, y que trabaja en la NASA para ir a Marte, fue el centro de las risas de muchos «iluminados», quizás por su sueño, quizás por sus orejas, quizás porque no hablaba perfectamente español (habla 5 idiomas). Esa niña es un portento y un ejemplo, pero la gente se ríe de ella por su aspecto físico. Esa es la raíz del problema, no hay que buscar más lejos. Esa joven, si todo va bien, irá a Marte, y abrirá nuevas fronteras a la humanidad. Una humanidad cada vez más obsesionada con el «nosotros primero», con el aislacionismo, con la idea de que unos valen más en un país porque han nacido en ese país. Un error y una idea que tiene gravísimas consecuencias a todos los niveles siempre que se ha ejercido.
Figuras ocultas
Por cierto, y aunque el tema del espacio sea secundario al tema principal de la película, para los que somos amantes de la astroáutica la película muestra las enormes dificultades que tuvo en todo momento la carrera espacial, en unos años donde literalmente se estaba construyendo la forma y manera de viajar al espacio. Un trabajo donde estas mujeres precisamente fueron fundamentales. Pero para mí personalmente lo más destacable de la película no es que ellas fueran grandes por sus capacidades matemáticas y de ingeniería. Eso es muy importante. Pero el hecho básico y diferencial estriba en cómo tuvieron que demostrar esas capacidades, luchando contra enormes prejuicios y racismo. Ese es el gran mérito de estas mujeres.
Avances, evidentes, pero insuficientes.
Hoy en día me tengo que preguntar: ¿se ha avanzado en derechos para los negros en Estados Unidos? Sí. ¿Es suficiente? Por supuesto que no. Vemos constantemente hechos y situaciones que dejan claro que la igualdad plena no se ha alcanzado. Si hay que hacer a América grande, deberá ser grande para todos. Por supuesto, no entro en el terreno de los hispanos, porque ahí entro yo y no quiero tocar ese tema hoy y ahora, podría decir cosas de las que luego me arrepentiría. Quizás lo haga algún día. Por cierto soy hispano, y no voy a ir a construir ningún muro, y espero que mis hermanos mexicanos no paguen ni un dólar por muro alguno.
Pero ese es otro tema, aunque tiene más relación con la película del que podría parecer. La américa racial de los años cincuenta y principios de los sesenta seguía teniendo leyes segregacionistas contra los negros, por el mero hecho de ser negros. Hoy las cosas son algo mejores, pero ni mucho menos se ha encontrado una solución al problema.
No quisiera terminar haciendo creer al lector que todo me parece mal en Estados Unidos, porque no es así, ni mucho menos. Mucha gente critica a Estados Unidos, yo también lo hago por esta y otras razones, y por supuesto ese es un país que ha hecho cosas mal y ha cometido errores, eso es algo evidente. Cuando un país se convierte en líder comete errores, y esto lo hemos visto a lo largo de toda la historia de la humanidad, y no seré yo quien lo niegue.
Pero cuando me dicen que la alternativa es Rusia o China, entonces tengo que respirar hondo, tomar aliento, y contestar: prefiero comer hamburguesas, beber cocacola, ver películas de Hollywood, y vestirme con tejanos, y por supuesto luchar por los derechos de las minorías, que optar por Rusia o China». Rusia y China, dos países que se frotan las manos de felicidad esperando que Donald Trump siga la política aislacionista de Estados Unidos en los años 30 del siglo XX, una política que dejó manos abiertas a otros para expandirse militarmente por el mundo sin freno alguno. Y la historia tiene una enorme capacidad de repetirse. Por supuesto, la nueva carrera espacial también es una gran oportunidad para China y Rusia. Ya hablé de eso en su momento.
Sé que hay racismo y xenofobia en todas partes, y es por eso que esta película nos quiere recordar que «el país de las libertades y las oportunidades» tiene muchos problemas que resolver. Precisamente hoy, en un momento crítico, y con el 45 presidente de Estados Unidos ya en el poder, creo que hace falta un revulsivo en América para volver a la senda de la cordura, la razón, y la ciencia, y dejarse de «América primero».América será grande, pero no con palabras y amenazas, sino con un sueño conjunto y de todos de hacer que sea así.
Yo prefiero «los hombres y mujeres que hacen grande a este país primero», sin importar si son americanos, afroamericanos, hispanos, o de cualquier otra raza, religión, sexo, o creencia. O somos todos iguales en oportunidades, o ninguno lo seremos. Porque, cuando un solo ser humano es apartado del resto, la humanidad entera es apartada. Y eso no hará grande a América. Ni a ningún país de la Tierra.
Cada día nos manipulan. Muchos dicen que son los medios de comunicación tradicionales. Sin duda, los medios tradicionales tienen mucho que decir a favor de sus intereses. Pero existe una cierta ética, una línea que no se traspasa, porque los periodistas profesionales saben que, si se cruza la línea, las consecuencias pueden ser catastróficas.
Los periodistas que han usado su poder para manipular más allá de una cierta tendencia política son, en muchos sentidos, los causantes de muchas de las peores situaciones que ha vivido la humanidad. No directamente, pero sí apoyando ideas extremas y conspiradoras cargadas de intereses particulares hacia un poder que, no pudiendo tomar el poder por la fuerza de la razón, lo toma por la fuerza de la manipulación. Ya lo dijo Joseph Goebbels: «Una mentira contada cien veces se convierte en verdad». Goebbels fue el ministro de propaganda de la Alemania nazi.
Existe algo peor que eso: aquellos que usan el poder de la comunicación para contaminar la verdad y la realidad a favor de unos intereses propios. En ese sentido, me hace gracia cómo se habla de grandes líderes políticos, que no son más que corruptos hombres de negocios, o antiguos espías de oscuras agencias de información, acostumbrados a llevar a cabo los peores trabajos en las peores cloacas del terror, y que ahora se presentan como garantes de la libertad y la democracia.
Pero el ejemplo que traigo, en este vídeo de youtube, es un ejemplo. El vídeo explica que Obama ha traído de vuelta a todos los portaaviones americanos, dejando a Estados Unidos indefensa. Una mentira más para manipular la realidad. Pero el problema no es especialmente el vídeo, sino el grupo de gente que, en su ignorancia, dan por correcta la noticia.
El mundo deberá aprender a conocer la diferencia entre verdad y mentira si quiere crecer. Deberá aprender a ser consciente de que estas manipulaciones han de ser controladas y eliminadas. Y deberá formar a la población para que aprendan a reconocer a estos impostores y manipuladores. Entonces las sociedades tendrán una oportunidad.
Para empezar la semana, quisiera recomendar al lector el libro «Juan Salvador Gaviota», de Richard Bach. Un libro especial, sin ninguna duda, y que trasciende el tiempo y la época en que fue escrito, como ocurre con la gran mayoría de las grandes obras, que son intemporales a sucesos y civilizaciones.
Este libro, escrito en 1970, se convirtió en poco tiempo en un gran éxito en Estados Unidos, y luego en todo el mundo, por su mensaje de paz y de superación. Yo lo leí a finales de los setenta, y he de decir que desde el primer momento me impactó. Su claridad de mensaje, su lenguaje rico y poético, pero fácil de leer, y su mensaje de que no todos tenemos que regirnos por las costumbres, sino que podemos ser capaces de crear nuestras propias reglas, y nuestro propio camino, me llegó a lo más profundo del corazón.
Hubo luego una película, con música de Neil Diamond, que es preciosa, pero, una vez más, lo que realmente merece la pena es el libro, que además es corto y se lee rápido.
No es el problema ser la gaviota común, o ser Juan Salvador. El problema es no comprender que cada cual tiene su sitio en este mundo, y que todos debemos buscar nuestros sueños, y respetar y apoyar el de los demás. Un mundo menos competitivo, y más cooperativo, crearía sociedades más justas y armoniosas. No serían perfectas, pero serían el camino hacia un mundo mejor. Ese es el mensaje del libro. Y yo sin duda siempre estaré agradecido a su autor por haberlo escrito. Merece la pena.
En el número de enero de 2017 de la revista Investigación y Ciencia, página 52, el doctor Paul Davies nos comenta que una de las dudas de los biólogos es el hecho de que, en 3800 millones de años, la vida solo haya aparecido una vez. Sí, hay muchos organismos, pero todos parten de la misma base. Es decir, hubo un proceso que llevó a la primera molécula autorreplicante, y ese fenómeno, la abiogénesis como se denomina técnicamente, aparentemente no se volvió a dar de nuevo.
Teniendo en cuenta la edad de la Tierra, se podría deducir que aquella, la aparición de vida, es bastante más rara de lo habitual. Eso añadiría más leña al fuego de por qué no hemos contactado con otras civilizaciones, como comenté recientemente en este enlace.
Si la generación de vida fuese algo relativamente habitual, ¿no sería factible que nuestro planeta contase con distintas versiones de organismos creados desde materia inanimada, en varios fenómenos de generación de vida? De algún modo, serían “extraterrestres terrestres” para nosotros.
No se han encontrado todavía organismos así. Todos venimos de un mismo organismo original. Por lo tanto, se deduce que la vida es algo que solo surgió una vez en la Tierra, y, por lo tanto, un evento altamente improbable. Davies especula que encontrar un organismo no basado en los principios del resto sería una prueba de que la vida se dio en la Tierra más de una vez, y que por tanto la aparición de vida no es un fenómeno extremo con una bajísima probabilidad de que suceda. Vamos a profundizar un poco en ello.
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