Dónde están los héroes y los sueños del siglo XX

Hace muchos, muchos años, y esto no es un cuento, escribí una canción con mi guitarra que se titulaba «Trovador de siglo XX». Aún anda la partitura por algún lado. El caso es que es cierto. Ahora, escuchando el disco «I Robot» (Yo Robot) de Alan Parsons, inspirado en el libro del mismo nombre del Maestro Isaac Asimov, me pregunto: ¿dónde ha quedado mi época? ¿Qué hago en este siglo XXI que ni entiendo ni puedo asimilar?

El siglo XX pasó, y las nuevas generaciones no conocen aquellos tiempos. Hablando hace poco con un chico que ahora acaba de cumplir 26 años, me daba cuenta de que le hablaba de grupos, de escritores, de sucesos, que ni conoce, ni probablemente le importan en su mayor parte.

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Cuando un amigo es un puente para la eterna amistad

Cuando se acumulan los años, se acumulan los recuerdos que hemos vivido durante tantos y tantos momentos de nuestras vidas. No nos mata la vejez; tampoco nos mata la muerte; nos mata el peso de las memorias que transportamos en nuestras desvencijadas almas.

Dicen que la vejez es sabiduría; es posible que ocurra así, a veces. No siempre. Pero la vejez es una fuente de poder inmensa para quien la sabe gestionar, tratar, y convertir en equilibrio, paz, y concentración para poder disfrutar cada momento del día y la noche.

Los recuerdos pueden envenenarnos, hasta convertir nuestra mente en una perfecta locura. Tenemos que domar nuestro pasado para poder construir nuestro futuro.

Mientras los años se acumulan en nuestra piel, tenemos que aprender que lo que perdemos en vigor físico lo ganamos en vigor mental. Y que no es el cuerpo el que mueve el universo, sino la mente. Por lo tanto, la vejez es un camino al poder, al conocimiento, y a la búsqueda de La Verdad, sea esta Dios, el Universo, la Ciencia, o cualquier otra combinación que cada uno se quiera crear en su interior.

Y, en ese camino, recordamos, con cariño, a aquellos amigos que quedaron atrás. Que se fueron, que nos lo dieron todo, y que no volverán. Pero que llevamos en nuestras almas con orgullo, y con una sonrisa que nunca terminará.

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Cuando los recuerdos son cadenas de hielo y acero

Hoy voy a atreverme a hacer algo especial y muy personal. Algo que no he hecho más que en alguna ocasión. Pero hoy tengo la necesidad espiritual de traer de nuevo un texto al blog que publiqué hace un tiempo. ¿Por qué? 

Todo empezó ayer. Estaba trabajando como siempre en el ordenador, con un programa que no acababa de funcionar por algún problema oculto, diseñado para que mi cabeza explotara intentando encontrar el fallo.

De pronto, se me ocurrió poner un disco que no escuchaba hacía demasiado tiempo: «Wish you were here» del grupo británico Pink Floyd. 

Y, de pronto, me vi sumergido en una cadencia creciente de recuerdos y pensamientos. La música del disco me trajo a la memoria a viejos amigos, viejos sueños, viejos amores, y viejas aventuras de juventud que habían quedado borradas de mi memoria largo tiempo atrás. Me vi a mí mismo tarareando la canción que da nombre al disco, «wish you were here» (Ojalá estuvieses aquí). Y apareció en mi mente una figura de una joven mujer morena que perdí demasiado pronto, y que me miraba con sus ojos azules como dos estrellas en el firmamento.

Una cosa llevó a la otra, y a este relato que nació inspirada en su recuerdo, como tantos otros relatos y pensamientos. Así que, con su permiso, quiero traer de nuevo ese texto. Y disculpen mi atrevimiento. A veces solo nos queda la noche, una vieja canción, y unos cuantos recuerdos. Nacemos desnudos de cuerpo, y morimos desnudos de un alma que se rompe con el tiempo.

Es la vida, dicen. Sí. Es la vida. Pero puede ser un tormento. Por eso, nada como una vieja melodía para curar el alma de tantos recuerdos. Muchas gracias.

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El hombre del sombrero de ala ancha

Tiene usted setenta años. Afortunadamente se encuentra bien, fuerte, con energía. Pero tiene usted setenta años. ¿Cuántos le quedan de vida? ¿Cinco? ¿Veinte? Es evidente que no mucho más, en la mayoría de los casos.

Usted tiene dinero, el suficiente para vivir bien, incluso con algunos lujos.

Un día llaman a la puerta. Alguien aparece. Es un hombre de unos cincuenta años, con un traje que no se ajusta bien, una corbata ridícula, y un sombrero de ala ancha totalmente fuera de lugar. Pero sonríe, y le dice que no vende seguros.

Vende futuro. Un futuro para usted. Y para su pareja, si es que la tiene.

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Mil millas, una carretera, y un sueño en nuestra piel

Septiembre, de un año que ya no puedo recordar. El viejo Ford Mustang ardiendo en el fuego de la mañana. Yo lo había perdido todo. Tú nunca habías tenido nada. Pero ahora nos teníamos el uno al otro. Y teníamos mil millas delante de nuestros ojos. Y mil millas de amor en nuestras almas para recorrer.

Nos lanzamos a descubrir el mundo. Y descubrimos que el mundo éramos nosotros. Nos llenamos de sueños de un futuro mejor. Y comprendimos que el mejor futuro es el que se vive a cada momento. Nos miramos esperando un beso al amanecer. Y comprendimos que la noche era la perfecta aliada del amor más vivo y vibrante que dos almas puedan compartir jamás. Nos dimos la oportunidad de esperar. Y entendimos que la espera es solo una forma de coartar nuestra libertad de amar.

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Los recuerdos que trae una canción

Hoy iba en el tren, con el retraso de media hora de costumbre, y ha aparecido en la radio «Streets of London» (calles de Londres) del autor Ralph Mctell, un cantautor inglés. Ello ha provocado una cascada de recuerdos en mi mente.

Durante mi época de instituto, tras salir de clase, iba a las típicas clases de inglés «porque el inglés es el futuro». Allí, en una pequeña fiesta de fin de curso, uno de los profesores interpretó esta pieza musical, lo cual atrajo inmediatamente mi atención. Es una canción sencilla para tocar en guitarra, con una letra que se usa, o al menos se usaba, para las clases.

La música tiene la capacidad de traer a la mente viejos recuerdos de tiempos pasados. A mí esta canción me recuerda a una compañera de clase, dos años menor que yo, con la que trabé una profunda amistad. Era una niña encantadora (ella tenía entonces 15 años, yo 17), y era el ser humano más inocente que he conocido en mi vida. Ataviada con su uniforme de colegio religioso, todo le sorprendía, todo le parecía maravilloso, y todo era asombroso para ella. Trabamos una profunda amistad, que se prolongó varios años.

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Esos recuerdos que viven en el corazón

Ayer vendí mi viejo ordenador portátil. El pobre ya había superado todas las pruebas de resistencia y uso posibles en mis manos, no en vano no solo uso el ordenador para escribir. También lo necesito para mi actividad profesional, como tanta gente hoy día. Además, necesito que sea relativamente potente, precisamente porque mi trabajo requiere de equipos que estén equipados con procesadores potentes y buenas tarjetas gráficas, además de bastante memoria.

Todo eso se había quedado anticuado ya para mis requerimientos. El ordenador en realidad podría haber durado un par o tres de años más, pero no da la respuesta que necesito en mi trabajo. Así que, lamentándolo mucho, ayer lo perdí de vista. ¿Me da pena? Sí. ¿Por qué? Porque el 90% de los libros que he escrito de la saga Aesir-Vanir los he creado con ese portátil. ¿Una tontería? Puede, pero se le toma cariño a las cosas.

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