Lo he intentado, pero finalmente no podré tener lista la segunda parte de «Las entrañas de Nidavellir» para diciembre. La complejidad de la historia, que hilvana dos argumentos que corren en paralelo, y la gestión y desarrollo de los personajes me impiden tener el libro para navidades como deseaba.
Esta segunda parte será un poco más corta que la primera, que disponía de unas 600 páginas en formato estándar. Esta tendrá unas 500 páginas, con lo cual el libro completo será de unas 1.100 páginas. Estoy pensando en crear una edición especial en papel con ambas obras en un solo tomo, con elementos especiales, etc, pero bueno veremos si ello es posible.
Mientras tanto, si alguien desea ver el booktrailer de la primera parte, lo tiene disponible en este enlace. El libro está en Amazon y Bubok. Muchas gracias a todos por vuestro apoyo.
Para hoy en la sección de cine quisiera hablar de la película “Trece días”, largometraje del año 2000 que tiene a Kevin Costner y Roger Donaldson como protagonistas. Un film que sin duda me entusiasmó en su momento, y que considero una de las mejores obras de ficción sobre un hecho real: la crisis de los misiles de Cuba.
“Trece días” narra el episodio que se dio entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética en octubre de 1962. En esos años, la tensión entre ambos países era enorme con la llamada “guerra fría”, y ambos ejércitos jugaban a un peligroso juego del gato y el ratón, donde la posibilidad del uso de armas nucleares era constante. En esa época ya se habían desarrollado las temibles bombas termonucleares, o “bombas H”, poco conocidas, pero muchísimo más potentes que las bombas nucleares, del orden de 50 a 500 veces más potentes que la bomba de Hiroshima. Era obvio que ese juego, de acabar mal, terminaría con la historia de la civilización humana sobre el planeta.
Contra todo pronóstico, Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos. Tal como ocurrió este mismo año de 2016 con el Brexit y con el voto por la paz de las FARC en Colombia, ha ganado la opción que no era candidata al éxito. Pero vamos a concentrarnos en Trump. ¿Por qué ha ganado? ¿Y qué consecuencias tendrá a largo plazo?
Trump ha ganado por un término bien conocido: populismo. El mensaje fácil y directo a una masa que entiende poco o nada de ciencia, de política, y de geoestrategia. Y que lo único que quiere es luchar contra el “establishment”, es decir, contra los poderes ocultos que gobiernan el mundo. Para ello, votan a un hombre sin formación, sin educación, y que solo sabe usar bien el lenguaje del miedo y del nacionalismo, de la ira y de la confrontación. A los que ya tenemos ciertas edades ese lenguaje no nos es desconocido; lo hemos escuchado ya en Europa, y no una vez, sino varias.
Nadie sabe qué hubiese ocurrido con los dinosaurios si no se hubiesen extinguido por la colisión de un asteroide, hace 65 millones de años. Lo que sí es cierto es que algunas de esas especies, como el famoso velocirraptor, eran sin duda organismos muy avanzados, muy alejados de esa imagen de lagartos que siempre nos habían mostrado años atrás.
La paleontología ha avanzado mucho desde entonces, y hemos visto que sin duda hubiesen podido evolucionar hasta ser inteligentes, entendiendo ese concepto como la capacidad de manipular el entorno, y tener conciencia de aspectos abstractos como la ciencia y el arte. ¿Por qué no? Mucha gente dice que debe haber vida inteligente en otros planetas. Estoy de acuerdo. ¿No hubiesen sido entonces los dinosaurios candidatos a seres inteligentes de nuestro propio planeta?
Nunca lo sabremos, ciertamente. Imaginemos que, poco antes de extinguirse, alguna de esas especies había desarrollado un modelo básico de comunicación. Y que hubiesen pensado en viajar a otros mundos. ¿Absurdo? ¿Por qué? El ser humano lleva siglos y milenios imaginando otros mundos y cómo podrían ser. No ha hecho falta llegar a la era del espacio para imaginar esa posibilidad.
Lo cierto es que ahora hay gente que niega las ventajas de viajar a otros mundos. Pero este mundo, la Tierra, no será eterno. Incluso si se mantiene entero, un asteroide podría provocar una nueva extinción masiva. Y vuelta a empezar. No me gustaría que, dentro de 65 millones de años, palentólogos de una nueva especie inteligente examinen nuestros restos, y se pregunten: «teniendo la tecnología, ¿por qué no buscaron otros mundos donde pervivir?» Es una interesante pregunta. Sin ninguna duda.
A lo largo de la historia, siempre ha existido un país, imperio, reino, o como queramos llamarlo, que ha dominado sobre los demás. Desde el fin de la segunda guerra mundial ese país dominador es Estados Unidos. Junto a la extinta Unión Soviética, ambos países dominaban gran parte del mundo en los aspectos económicos, políticos, sociales, y militares.
Actualmente Rusia, por mucho que insista el señor Putin, no es lo que fue. Precisamente Putin quiere volver a darle a su nación el poder que se perdió en los noventa, aunque de momento sus actuaciones se centran en hacer volar algunos aviones o barcos por Europa, causando un cierto temor es verdad, pero sin más consecuencias.
Sin embargo, el país que realmente aspira al trono del poder es China. Es ya la segunda potencia económica, y aunque lleva un tiempo sufriendo percances, su fuerza es tan grande que puede controlar esos problemas con relatividad facilidad. No olvidemos la inmensa deuda que China tiene comprada a Estados Unidos.
Pero claro, el poder económico no es suficiente. El poder militar marca diferencias, como bien sabían los romanos y otros imperios. ¿Cómo obtener ese poder? Y más importante: ¿dónde obtenerlo? La respuesta es rápida: en el espacio.
Efectivamente. China está lanzada a un programa militar enorme, pero también a un programa espacial, en una segunda carrera, en la que espera controlar el territorio de la Luna. Para ello, acaba de dar un salto enorme: el cohete C5, que tiene un peso aproximado al cohete más potente americano actual: el Delta IV Heavy. El cohete C5 es sin embargo un estadio intermedio a cohetes más potentes, que serán iguales o más potentes que el cohete Saturno V, que llevó al ser humano a la Luna.
Y un pequeño detalle: China no se va a conformar con plantar una bandera. Va a reclamar el territorio de la Luna como parte de su territorio. Sí, es cierto, hay un tratado internacional que el espacio es de todos ¿De verdad alguien se lo cree? Yo no. El espacio, y la Luna, es de quien tenga el poder económico y militar para reclamarla. Como ha sido siempre a lo largo de la historia de la humanidad. Pretender que ahora todos vamos a ser hermanos y amigos en el espacio es no conocer bien al ser humano.
Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea, y Japón, y también la India, saben esto. Estos actores saben que hay que moverse, y hacerlo ya. De ahí el entusiasmo en Estados Unidos por ir a Marte. Sí, a Marte, pero pasando por la Luna, por supuesto.
Esta segunda carrera espacial no va a ser como la primera. Va a ser dura, va a ser larga, y va a cambiar el mapa geopolítico de la Tierra. Qué digo de la Tierra. Tendremos que irnos olvidando del mapa de la Tierra. El mapa ahora es el sistema solar. El juego de la conquista ha comenzado. Y el primero que llegue se llevará el premio. No hay premio para el segundo. Esto es algo que hemos visto, una y otra vez, a lo largo de la historia.
Hace unos meses un importante escritor de ciencia ficción declaró que esta, la ciencia ficción, es mejor que la fantasía, porque la ciencia ficción debe explicar científicamente lo que sucede, y la fantasía se puede inventar cualquier cosa.
Es una pena que la gente insista, una y otra vez, en decirnos qué es mejor o qué es peor en el mundo de la literatura y del arte en general. Lo mejor es aquello que nos motiva, que nos emociona, que nos lleva a otros mundos. Sea ciencia ficción, fantasía, poesía, pintura, cine, o lo que sea. Todo vale si emociona.
Yo hoy quisiera recomendar un grandísimo libro de literatura publicado por primera vez en 1968: «Un mago de Terramar», de la escritora Úrsula K. Le Guin. Pertenece a la saga «Historias de Terramar», un mundo imaginario lleno de islas, que explica la historia de un joven mago que inicia su andadura.
«Un mago de Terramar» fue un regalo que alguien especial me hizo hace muchos años, y sin duda acertó de pleno. Disfruté con una maravillosa historia llena de imaginación y apta para todas las edades. Si te gusta la fantasía, y no lo has leído, sin duda lo recomiendo. Creo que el lector disfrutará. Literatura de fantasía de una gran calidad, llena de amor y de vida.
Para el 1 de noviembre, un pequeño extracto de Deblar, personaje de «Las entrañas de Nidavellir». Creo que define lo que muchos pensamos sobre la vida, y las prioridades que asignamos a las cosas que creemos más importantes.
Hace un tiempo, por motivos diversos, contacté con varios escritores de distintos géneros literarios, ciencia ficción, aventuras, poesía, y a través de ellos he visto cómo el mundo de la literatura ha cambiado en los últimos cuarenta años, desde los tiempos en los ochenta cuando las editoriales eran empresas que recibían un manuscrito, lo aceptaban o rechazaban, y luego lo publicaban en caso de aceptar el texto.
Hoy en día, los escritores tienen que preocuparse de todo: de escribir lógicamente, pero también tienen que ser, en muchas ocasiones, sus propios editores, sus propios correctores, sus propios gestores, y sus propios publicistas. Al final, el escritor lo es como tal una pequeña parte de su tiempo. El resto de ese tiempo lo dedica a hacer cosas que antes hacían las editoriales. En cuanto a las editoriales, simplemente se han convertido, cada todas ellas, es simples imprentas, donde el escritor ha de pagar para que publiquen su libro.
¿Y en el mundo de la ciencia? ¿Qué ocurre con los científicos? Exactamente lo mismo. Tal como explica Peter Higgs, el descubridor del bosón de Higgs y premio Nobel de física en 2013, los jóvenes científicos se ven abocados a publicar constantemente artículos que de ciencia tienen poco, porque han de competir para obtener dinero para sus estudios, y cuando lo tienen, se ven forzados a realizar publicaciones constantes para demostrar que están invirtiendo ese dinero en productividad. ¿Productividad? La ciencia no puede ser productividad. La ciencia es investigación, que a veces tiene éxito, y la mayoría de las veces no la tiene.
Peter Higgs explica que él solo publicó cuatro artículos, y con ellos ha ganado el premio Nobel, en un clima, en los años sesenta, adecuado para que los científicos hicieran su trabajo de investigación durante años, incluso décadas. ¿Cómo se espera hacer investigación si hay que estar publicando constantemente? Esto es cualquier cosa menos ciencia.
Es un tema preocupante. Los creadores, escritores o científicos, y otras ramas del arte, la cultura y la ciencia, se ven abocados a convertirse en máquinas de producir, en publicistas, en una locura por ser el primero frente a una feroz y durísima competencia. Así no se puede crear nada; ni arte, ni cultura, ni ciencia. Y es una pena, porque la sociedad va a pagar, de forma muy dura, el perder esos principios básicos de concentración, disciplina por el trabajo, y búsqueda de nuevas fronteras. Hoy todo es correr y ser el primero, sin importar la calidad, solo la cantidad.
Esperemos que eso cambie en el futuro. Debemos construir sociedades basadas en el pensamiento, no en en el marketing, o nos veremos abocados a un desastre de consecuencias imprevisibles.
La entrada de hoy sobre astronomía versa sobre los púlsar (pulsating star). La obsesión por ver extraterrestres en cada nuevo descubrimiento astronómico no es nuevo. Las webs se llenan de noticias de «presuntas señales» y otros signos extraterrestres constantemente. La verdad es que empieza a ser obsesivo, ven extraterrestres en cada esquina. Sin embargo, esta obsesión no es nueva, por supuesto.
En 1967 nos desayunamos en las noticias de ciencia con el descubrimiento de una extraña señal que se repetía constantemente. Su precisión era tan alta en el ritmo e intensidad que algunos pensaron que podría ser un radiofaro estelar, como los que permiten a los pilotos guiarse a los aeropuertos. El púlsar fue llamado técnicamente PSR B1919+21.
En realidad, estas señales proceden de estrellas de neutrones. Viejas estrellas con tanta masa que su diámetro se ha reducido hasta quedar compactados sus átomos en neutrones. Una cucharada de café de una estrella de neutrones pesa 100000 toneladas. Lo mismo que un portaaviones nuclear clase Nimitz.
La estrella, al reducir su diámetro, empieza a girar más rápido, como les ocurre a los bailarines cuando cierran los brazos. Su campo electromagnético es enorme, y si giran en el mismo plano en el que se encuentra la Tierra, por cada giro recibimos una señal de la estrella. De ahí esa señal pulsante de estas estrellas.
Es decir, no hay marcianitos. Las estrellas de neutrones tipo púlsar son un ejemplo de cómo un fenómeno totalmente natural puede ser fácilmente confundido con una señal de origen inteligente. No es así.
Eso sí, nadie niega que esas estrellas realmente, por su naturaleza, pudieran servir a viajeros espaciales para llevar a cabo sus vuelos con una navegación precisa, como las señales VOR de la aviación comercial. Pero eso es una simple y divertida especulación, y nada más. Hay que seguir buscando, sí. Pero ser muy, muy cuidadosos con pronunciar la palabra «marcianos». Ellos pueden estar fuera. Pero parece que se esconden. Y muy bien además.
Esquema de un púlsar y su campo electromagnético y señal
Suele decirse que los videojuegos son malos. Como casi todas las generalizaciones, esto es verdad solo a veces. Depende del juego, depende del uso, depende del tiempo de uso, y depende de la edad. He visto a mucha gente aprender mucho más con un videojuego que con años yendo al colegio. Si alguien desea un ejemplo de juego educativo, se lo voy a decir: la saga Civilization.
Acaba de ponerse a la venta Civilization VI, un juego de estrategia por turnos orientado a jóvenes desde los doce años y mayores que, como los anteriores, nos lleva a recorrer la historia de la humanidad, desde la “edad de piedra” hasta el futuro. Debemos elegir una nación, y desarrollarla a nivel cultural, social, político, religioso, y también militar por supuesto. Porque el mundo también es guerra, y otras naciones podrían declararnos la guerra, dependiendo de su líder.
¿Qué tiene Civilization de educativo? La lista de cosas es casi interminable. Este juego enseña a gestionar recursos, planificar el futuro, dirigir proyectos, proyectar ciudades, gestionar diplomacia, y tener en cuenta que las relaciones con otros no van a ser siempre agradables, pudiendo incluso entrar en guerra.
En este aspecto de la guerra, podemos hacer una sociedad que sea pacifista, avanzada científica y culturalmente, y amable con otras naciones. Pero ¿qué ocurre si alguna de esas otras naciones decide que hemos prosperado mucho, y que es hora de que se queden con nuestras ciudades, con nuestros recursos, con nuestro futuro? O hemos organizado un ejército moderno y de carácter defensivo, o perderemos la partida. También podemos ser nosotros los belicosos, y ver qué consecuencias tiene eso. No son agradables, eso seguro. Como la vida misma.
Civilization VI está recibiendo muy buenas críticas, y en algunas universidades de economía y de administración de empresas se usa para enseñar a los estudiantes sistemas y modelos de gestión que sean factibles y útiles para su futuro como profesionales en la gestión de empresas, gobiernos, y de su vida personal. Para eso, la saga Civilization es una herramienta imprescindible.
El juego está en español, y si le parece caro, puede optar por la versión anterior, Civilization V, que sigue siendo un juego genial y a muy buen precio actualmente. Y conste que yo no gano un euro con esto; solo soy un entusiasta desde hace veinte años, y espero seguirlo siendo lo que me queda en este mundo.
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