La frase de la semana nos la trae el escritor Mark Twain (Estados Unidos, 1835-1910). Hombre jovial, rápido con la mente como con la pluma, fue maravillosamente representado en dos capítulos de Star Trek por un actor que hizo un trabajo soberbio.
La frase que nos trae Twain es:
«Es más fácil engañar a la gente que convencerlos de que han sido engañados».
Vamos ya con la segunda parte de esta entrada, donde analizamos el interior de la maquinaria nazi a través de sus propios protagonistas, y, más concretamente, de sus memorias. Por cierto: agradecer a los lectores el interés que ha generado la primera parte, sobre todo de páginas especializadas de historia, que amablemente la han reseñado o compartido en Twitter y a través de Bloguers.net.
Cuando en la anterior entrada hablamos del almirante nazi Karl Donitz, veíamos al modelo de hombre taciturno y responsable enfrascado en su maquinaria bélica, sumiso hacia su líder, Adolf Hitler, y conocedor de que su actitud en la guerra le llevaría a ser declarado culpable de crímenes de lesa humanidad. Eso no le impidió llevar a cabo una guerra abierta con sus sumergibles contra todo tipo de navío aliado, incluso aquellos que transportaban civiles. Y no le impidió aceptar el puesto de líder de Alemania cuando Hitler le cedió el poder en abril de 1945.
Dentro de los diferentes perfiles humanos, Donitz representaría el siervo fiel que acepta su condición ante la historia y la asume sin miedo. Pero otro líder nazi, Albert Speer, tuvo un desarrollo muy distinto. Y sus memorias lo atestiguan. Speer fue el hombre que no asume su condición, y, además, es capaz de convencer a un tribunal, y aun al mundo, de que él es, prácticamente, una víctima más de la maquinaria nazi. Paradoja curiosa cuando es el responsable directo de la creación de millones de puestos de esclavos forzados en toda Europa, como vamos a ver.
Vamos ahora en este pequeño blog perdido de la galaxia bloguera a explicar un hecho muy relevante del año 2020: la aplicación de las primeras vacunas, la de las empresas Modernas y Pfizer, a la población, empezando por el Reino Unido. Pero estas vacunas son revolucionarias por su metodología y forma de actuar sobre el organismo.
Y no, no se preocupe; no modificará su ADN, ni le convertirá en un reptiliano ansioso por seguir ciegamente a Bill Gates para invadir la Tierra. El tema es mucho más interesante que esas ridículas paranoias, propias de una novela barata de ciencia ficción. Ni siquiera yo sería capaz de escribir un guión tan pésimo.
El SARS-CoV-2 se ha convertido sin duda en el verdadero y casi único protagonista de 2020, y en el primer semestre de 2021 lo seguirá siendo, por mucha vacuna que llegue pronto a la población. Pero, sin duda, cuanto antes se apliquen las vacunas, antes comenzaremos a ver una salida a la situación en la que nos encontramos en este diciembre de 2020. Y las vacunas de tipo ARNm, donde «m» es «mensajero», son un paso revolucionario. ¿Cómo actúan? Vamos a verlo.
El nazismo, y por extensión, la época entre 1918 y 1945, es un periodo fascinante de la historia, a la vez que terrible y monstruoso. Es esa combinación la que produce una enorme cantidad de libros, películas, reportajes, y, por supuesto, ignorantes, que creen ser nazis por el mero hecho de ponerse una esvástica o perseguir a grupos minoritarios, judíos, negros, y otros grupos «no arios». Como si el nazismo fuese alzar un brazo y gritar un par de consignas.
En realidad el nazismo es mucho más que perseguir a este o aquel grupo. El nazismo supuso la mayor maquinaria ideológica de subversión, manipulación, guerra, y destrucción de seres humanos, tanto desde el punto de vista mental, como el psicológico, como físico.
¿Y qué mejor manera de conocer el nazismo que desde dentro? ¿Qué mejor forma de introducirse en la maquinaria nazi que leer los libros de sus arquitectos?
Eso es lo que he hecho durante años desde mi juventud, procurando leer los libros de sus mayores líderes, y también de sus antagonistas. Ya hablé una vez de las excelentes memorias de Winston Churchill, el hombre que plantó cara al nazismo cuando otros lo apoyaban, dándole un halo de «comprensión», empezando por el Vaticano, que firmó un concordato de apoyo, y lo bendijo tan pronto como en 1933.
Pero hoy quiero hablar de dos libros, de dos de los grandes líderes del nazismo, que leí hace años ya, y que sigo recomendando encarecidamente, para poder penetrar en las mentes más oscuras de la maquinaria nazi. Porque, como dijo Sun Tzu, el primer paso para destruir al enemigo es conocerlo.
En esta primera entrada hablaré de «Diez años y veinte días».
No, no hay un error. El título está en inglés a propósito. La razón es que lo que vengo a contar tiene dos orígenes. El principal es una conversación en inglés con un fanático religioso sobre las maravillas de creer en un dios único, y el peligro que supone apartarse de su senda, por aquello de ir al infierno. Que digo yo, hasta el día de hoy, el infierno me parece mucho más interesante, y se liga más.
El momento concreto para el título viene de un instante en el que le dije a este hombre que yo, a diferencia de él, no creo en su dios, sino en Zeus, y en su amada hija Atenea, diosa de la sabiduría y protectora de Atenas. Esta es una fórmula que uso a menudo cuando de fanatismo religioso se trata, y en un momento verán otro ejemplo, aquí mismo, en el blog, sucedido hace unas horas.
Fairy es, al menos en España, un producto de limpieza bastante popular. También significa «hada» en inglés. Por lo que «fairy tales» se puede traducir como «cuentos de hadas». Un término que se usa cuando alguien nos cuenta un cuento imposible de creer.
Campanilla, la pequeña hada del cuento «Peter Pan»
Vamos con la enésima anécdota literaria que he vivido. Esta vez, ocurrida hace unos días, en cierta red literaria cuyo nombre no describiré, excepto que empieza por T y termina por R. Y ya saben que no soy muy amigo de las editoriales, por razones ya explicadas en otras entradas. Este es otro ejemplo de que mi verdadera razón para escribir no es ser juzgado por las editoriales, sino por quienes han de hacerlo: los lectores.
Pero pongámonos en posición: se trata de una importante firma editorial. Al menos, en cuanto a seguidores se refiere. De esas que van lanzando afirmaciones absolutas sobre qué es, y qué no es, literatura.
¿Por qué intentan, algunas mentes iluminadas, darnos lecciones de cualquier cosa? Y, en el caso de la literatura, ¿cómo se puede atrever alguien a decir cómo funciona el proceso creativo? ¿Es que alguien en este planeta sabe cómo funciona el proceso que nos lleva de la idea a la obra?
El Bloguero-youtuber sujetó al lector en una silla. Atado con cuerdas, en aquel sótano inmundo, el lector de blogs mostraba varios golpes en su rostro y pecho.
—¿Por qué no te suscribiste en el blog cuando salió la ventanita para ello? —Preguntó el bloguero, mientras movía suavemente una barra de hierro en las manos. El lector contestó entre sollozos: —No… no sabía que había artículos tan buenos y tan… formativos. —¿Y mis vídeos de Youtube? ¡Lo primero que indico es que se le dé al botón de suscripción, y a la campanita! ¿Es que me tomas por estúpido? —Yo… yo iba a darle a la campanita, pero mi mujer me llamó para ir al Mercadona a comprar, y se me olvidó. El bloguero miró con desdén al lector, y golpeó con la barra en las rodillas al lector, que emitió un gutural sonido de dolor y llanto…
Este fragmento podría ser una representación, un poco exagerada quizás, de la obsesión maniaco-compulsiva de algunos blogueros y youtubers por atraer visitas a sus contenidos. Existen literalmente millones de blogs en el mundo, también youtubers, todos compitiendo entre sí para conseguir atraer al despistado lector para que se suscriba en su blog o en su canal de Youtube.
Se acerca la navidad, al menos cuando escribo esto, y ya todo es paz y amor y… virus. Sí, es noviembre de 2020, y el dichoso virus lo ha invadido todo, otra vez, en eso que llaman segunda ola. Esta navidad será distinta, eso es evidente. Y si usted pretende que no lo sea, recuerde usar todas las precauciones posibles. El virus no entiende de milagros ni de religiones.
Lo que sí es cierto es que los amantes de los libros tenemos un poderoso aliado para este tipo de situaciones: la literatura. Mediante los libros podemos escaparnos, aunque sea un rato, del tedio y las frustraciones, del dolor, y de la impotencia que muchas veces sentimos ante la crueldad de la vida.
Porque la vida es cruel, y este virus lo ha demostrado. Pero nosotros podemos convertir esa crueldad en luz y calor, con ayuda de nuestra fuerza, nuestra voluntad, y unos cuantos libros. ¿Y los niños? ¿Qué podemos hacer por ellos en estos tiempos? Mucho. Y a un precio tremendamente reducido. Sin necesidad de costosos aparatos electrónicos. Me refiero, por supuesto, al instrumento del que nacen todos los demás: los libros.
«El estudio del universo es un viaje para autodescubrirnos».
Debemos observar esta frase en todas sus dimensiones, nunca mejor dicho. Estudiar el universo, su naturaleza, su origen, su estructura, su destino, es un viaje de autodescubrimiento. Cuanto más conocemos del universo, más aprendemos sobre nosotros mismos. La razón es, por supuesto, muy sencilla: nosotros somos parte del universo. Cuanto más conocemos sobre todo lo que nos rodea, más conocemos de nuestra propia existencia y naturaleza.
El ser humano ha tratado de explicar el universo en libros escritos hace siglos o milenios, que explicaban mediante mitos y leyendas la naturaleza humana. Estos libros son rígidos, inamovibles, y leerlos no nos brinda los secretos del cosmos. Al contrario, nos inducen a creer ideas que ya sabemos son obsoletas desde hace décadas. Y lo sabemos gracias al avance de la ciencia.
Nadie niega la fe de un ser humano. Pero todos debemos entender que la fe no nos va a permitir conocer la naturaleza del universo. Debemos por tanto concluir que deberemos escribir otros libros, que nos enseñen los secretos del cosmos. Y de ahí la frase:
«El libro de la fe se escribió una vez y para siempre. El libro de la ciencia se reescribe cada día».
Existen en el universo, básicamente, tres tipos de personas:
Las personas a las que caigo bien a primera vista. De estas personas procuro mantener cierta distancia y control, y no es por el virus.
Las personas a las que caigo mal a primera vista: estas son de mi agrado. Ponen una barrera y te juzgan negativamente. Luego he de trabajar ese malestar, si es que me interesa, pero al menos sé a qué atenerme. Por supuesto yo las odio igualmente, y de hecho sueño con descuartizarlas lentamente (aquí imagine una foto de Viernes 13 con la máscara y la motosierra).
Las personas a las que caigo mal, pero, de pronto, por arte de magia, un día resulta que me sonríen, son amables, simpáticas, y hasta dicen algo bueno de mí. Cuando se da esta situación, preparo mi espada láser para cortar cabezas.
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