Vuelta del trabajo. Un día más, de una semana más, de un año más. Y la misma historia. El mismo tedio. El mismo vacío, en este casi otoño que es el preludio de un largo invierno. Tras el reciente divorcio de mi mujer, que se fue con ese absurdo tipo con el que no congeniaba ni en la mirada, los días se han hecho largos. Mucho más largos. Y las noches, eternas. A mis treinta y algo, puedo decir, sin temor a equivocarme, que soy el ser con el mayor número de fracasos del planeta.
Aquella noche no estaba para bromas. Ni para sorpresas. Qué ironías tiene a veces la vida.
Encendí la televisión. La misma basura de siempre. Me vi a mí mismo pasando por la interminable lista de canales. Todos son iguales. Todos dicen lo mismo. Todos igual de vacíos. Pensé en apagar la tele. O mejor aún: pensé en lanzarla por la ventana, junto a mi vida. Pero soy demasiado cobarde para tomar alguna decisión importante.
Finalmente, me quedé viendo una espantosa película cuya trama parecía escrita por monos. Pero quizás era eso en lo que se había convertido mi vida: en una jaula, con un mono absurdo en su interior.
La única conversación que mantenía en casa desde que mi exmujer se fuese era con el asistente personal: Alexa. Ese pedazo de plástico conectado a Internet, capaz de responder a órdenes de voz, de una forma que incluso podría parecer que habría alguien detrás. Pero no lo había. O eso pensaba. Hasta aquella noche.

Continuar leyendo «Te esperaré al anochecer»
Debe estar conectado para enviar un comentario.